Desde mi Colmena en Alcorcón: ¿Por qué la Feria de Emprendimiento Femenino?

Nueva columna semanal que aclarará la duda suscitada ante las iniciativas feministas. Desde mi Colmena en Alcorcón: ¿Por qué la Feria de Emprendimiento Femenino?

Algún viandante mira a Iria con desdén mientras pega letreros: “Feria de Emprendimiento Femenino de Alcorcón”.

Y una vez más, ella piensa:

Pues mira: que si no te dan trabajo, ya tienes quien te apoye para dártelo tú.

Aunque no será por falta de tarea, porque tiene, y para rato. Venga, Iria: levanta a los niños, dáles el desayuno, llévalos al cole, pasea al perro (al que rescató del chenil de una perrera porque todos merecemos vivir).

Después, vete a ver a tu madre, comprueba que se encuentre bien. Incluso… que haya despertado una mañana más (ya es raro que sobreviva a la atroz soledad de sus ochenta y tantos años sumado a un corazón que la amenaza con quebrarse).

Acompáñala al banco y a comprar porque, si no va ella misma a elegir sus productos, ¿qué alegría le queda ya? Pues tiene razón tu mamá, Iria.

Ya de vuelta en su casa, cerciórate de que todo quede bien, de que tenga comida ―que no hay quien la convenza de que venga a comer a tu diminuto piso… Lo de llevártela a vivir con vosotros ya es de guerra púnica― y márchate apresuradamente para preparar la comida de tus niños (Iria  ejerce, ella solita, el servicio de desayuno, el de comedor, las extraescolares, la academia…).

Y corre, Iria, corre, retira la olla del fuego y sal disparada al colegio, que siempre llegas por los pelos.

Por el camino, nuestra protagonista responde pacientemente al saludo de una antigua amiga que se montó un chiringuito con lo recaudado en su multitudinaria boda y al verla pasar le echa en cara, mientras recoge tazas y vasos de la terraza de su próspero negocio: “Qué bien vives, maja…”

“Qué bien vivía antes de que me echaran por reducir mi jornada en un trabajo que se mudó a la otra punta de la ciudad, porque nadie más se ocuparía de mis hijos, y de que en cada trabajo posterior me exigieran condiciones hercúleas para conciliar”, le responde Iria con el pensamiento.

Le ha prometido a su madre que mañana la llevará a ver a su marido a la residencia. A pesar de su tercer grado de incapacidad (demencia, Alzheimer…), él aún se alegra de recibir la visita de la esposa a la que casi termina matando en alguna de las terroríficas noches en que su delirio alcanzaba un grado letal.

Iria recuerda cómo lloraba ella, cuando la llamaba asustada a cualquier hora del día o de la noche; cuando sus vecinos, escuchando los gritos y golpes, querían llamar a la policía; cómo, a pesar de tener Iria a sus hijos aún pequeños, pasó un fin de semana entero allí, para vigilar a su padre mientras su madre era rescatada de un ataque al corazón en el hospital (donde había llegado a despedirse para siempre).

Montó guardia, día y noche: mandando de vuelta a la cama reiteradas veces a ese extraño usurpador de la personalidad de su padre, ahora violento, pero que cuando aún gozaba de cordura había sido un hombre ejemplar. Persiguiéndolo para evitar que jugara con el calentador del gas, que encendiera los fuegos de la cocina y se olvidara de ellos, que hurgara en los enchufes o diera golpes que despertaban a sus vecinos… Mil peligros inimaginables. Era como volver a tener un niño pequeño, pero no tan manejable.

Y mientras, un peregrinaje continuo de ir y venir por Asuntos Sociales para salvar dos vidas. O tres, porque Iria también creía morir a ratos.

Tantas cosas que la gente no sabe cuando dice: “Mira a esa: no trabaja y su padre en una residencia”.

La niña sale del cole y su madre carga en su maltrecha espalda la mochila escolar. Acaban de recetarle Diazepan para relajar la tensión que le mantiene dolorido el cráneo, la mandíbula y, por supuesto, el cuello. La doctora sugiere aplicarle profilácticos. Iria sabe a qué se refiere…

“No, gracias, ya guardo cierta experiencia con los antidepresivos que tomaba mi madre para soportar a mi padre”. Iria fue testigo del aumento de dosis que la doctora le prescribió a su madre para poder aguantar la situación de su marido, en el centro de salud mental. Tras el ataque, el hospital le confirmó que esas pastillas le habían dejado el corazón como un pegote de gelatina.

Ella no quiere eso.

Ella quiere que su vida cambie. Que cuando la llamen para una entrevista, tras superar con creces las pruebas de aptitud, el entrevistador o entrevistadora no se dediquen a volcar sobre ella todo su desprecio hacia “las que habéis estado tanto tiempo sin trabajar”, como si fueran desechos de la sociedad, insectos chupándole la sangre al único perceptor de salario en el hogar, ese que cargó sobre ellas la responsabilidad de lograr conciliar trabajo y familia o quedarse en casa… El resto de la historia ya sabemos cómo sigue y hasta cómo termina.

Cuántos orgullosos/as trabajadores/as la increpan porque uno solo puede decir que trabaja si cuenta con una nómina (de la que ellos pagan toda la faena antes enumerada, y que ella realiza sin ganar un céntimo), deben de imaginarla en una tumbona abanicándose mientras ve un programa basura y suspirando: “Ah… qué aburrida la vida de ama de casa” (iros un poco a la… playa).

De joven, las gozaban contigo si eras promiscua, pero luego te llamaban p…

De mayor, te la lían para que te hagas cargo de la familia y el hogar, pero te llaman parásito, mantenida, etcétera.

Nada ha cambiado. 

Me voy con Iria a la Feria de Emprendimiento Femenino. Voy a compartir con tantas otras mujeres la resistencia a resignarnos, la supervivencia de la iniciativa. Vamos a plantar cara a ese sector que nos menosprecia por haber sido incapaces de eludir ese deber como madres e hijas responsables, fraguado exclusivamente para las niñas por una educación machista, y de cuya exclusividad ahora debemos desintoxicarnos. Esa es una de las muchas tareas desempeñadas por el Feminismo en su lucha por la igualdad.

Yo voy a compartir stand con otras compañeras de joyas literarias. A nuestro alrededor, tantas mujeres más exhibirán los frutos de su talento. La mayoría, como Cenicienta, rascando pequeños ratos que nos cuestan ojeras y cefaleas, por ese trabajo a horas intempestivas, cuando ya hemos recogido el “campo de batalla” y todos duermen (incluidos los fines de semana), para tejer en algún rincón iluminado de la casa (donde no molestemos), nuestro vestido para el baile que algún día volverá.

Todo por ese don que nos suplicó no dejarlo morir, y que finalmente remonta, brota y crece. Y lo hace gracias a la oportunidad que solo podíamos encontrar en esta red solidaria y alentadora que es el movimiento feminista.

Desearía ser capaz de enumerar todos los porqués de esta Feria del Emprendimiento Femenino y agradecer con ello a la Concejalía de Feminismo esta iniciativa, tan loable, tan necesaria como toda la ayuda que presta.

Pero para ello tendría que describir un extenso mosaico de vidas malhadadas, del que solo he podido extraer una pieza de muestra, para la cual hasta esta columna se queda pequeña. Me temo que ni miles de libros bastarían.

Patricia Vallecillo es escritora y vecina de Alcorcón. Su último libro, ‘Las abejas de Malia: el maestro griego‘ se puede adquirir pulsando aquí. Por otro lado, la segunda parte de la primera entrega, ‘Vidya Castrexa’, se puede adquirir en el siguiente enlace.

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