Desde mi Colmena en Alcorcón: ¿Quién da la vez?

Nueva columna semanal sobre conflictos cotidianos provocados por la falta de respeto. Desde mi Colmena en Alcorcón: ¿Quién da la vez?

Existen lugares donde todavía se practica un deporte de riesgo bastante popular: pedir la vezel rastrillo ―también conocido como mercadillo―, el mercado tradicional, algún comercio de barrio…

Uno pasa escudriñando los puestos para calcular que la espera, proporcional al número de clientes visibles, se mantenga dentro de unos márgenes aceptables en relación al tiempo de que dispone. Finalmente, se decanta por un puesto en cuestión, pensando que será atendido con la rapidez suficiente para continuar con su trajín diario.

―¿Quién da la vez?

―Yo no. La tiene una señora que va a venir ahora, pero creo que se la ha dado a otro señor…

La perfección cósmica regida por las leyes matemáticas, así como la ética que creías ineludible, se pixelan en tu mente, emborronadas por un apestoso nubarrón en el que puedes leer que te están tomando el pelo.

Tu mirada lo dice todo. Se activan y desactivan los mismos músculos faciales que cuando ves alejarse antes de su hora el autobús que te haría llegar a tiempo al trabajo, o te dicen que esa oferta que acabas de recoger en tu buzón ya ha expirado.

“¿Perdona? Pero están por ahí, orbitando en algún lugar del cosmos; no aquí. Aquí no les veo… No están presentes”, piensas.

Es decir: el mercado se convierte en una versión perversa del escondite o las cuatro esquinas. Obviamente, nada divertido. Una se coloca detrás del señor del jersey a rayas y cuando este ya está despachado, siente apresurarse desde otro puesto a una de estas criaturas de luz que nacieron para reírse de los demás, porque dominan el juego de la vez con tanta maestría que cuando llegan a casa se congratulan, como amos del universo, orgullosos que no honrosos portadores del título de especie superior al resto (es decir: a los tontos que actuamos regidos por la decencia y el respeto al prójimo).

Sí: desde su podrido pedestal sin valores, se alzan como los listísimos ganadores de una compra completa hecha en la cuarta parte de tiempo del que nos llevaría a los que esperamos la cola  donde corresponda.

Continuemos con aquella adivinanza que suena a trabalenguas, a ver si averiguamos detrás de quién iba yo:

La señora que tenía que darme la vez está en la pescadería. Tal vez ya le dio mi  vez a otra que está en la pollería, y tal vez delante de ella haya otros con la vez pedida. Te quedas más perdida que el alambre del pan de molde: tú creías que serías atendida en esos quince minutos que es el tiempo de que dispones antes de salir zumbando a recoger el coche del taller, a un niño del cole, deporte, academia… o a tu madre de una revisión dental o de otro tipo.

Sin embargo, inesperadamente, contra todo pronóstico, una matriusca (o un matriusco) da pie, como el famoso muñequito ruso, a una sucesión interminable de otras personas que le pidieron la vez y se la pidieron entre sí. Una mafia, un caos, algo muy feo que empieza por “M”, del tamaño de un piano pero que cabe en una bolsa de las que debemos llevar y emplear siempre cuando saquemos al perro (aprovecho para soltarla; hoy mis abejitas vienen con un flagelo de siete puntas).

A todo esto, ya que hoy tengo el enjambre alborotado voy a aguijonear a otros que pasaban cerca de los primeros:

¿Y los que dejan la cesta haciendo cola en la zona de pago del súper? ¿Con esos qué hacemos? ¿Dónde se le echa de comer a ese género?

“Hola, cesta ―o carro― que esperas en la fila de la caja ¿Me das la vez, la maldita, condenada y odiosa vez?”

No sé tú, pero yo, si lo que me encuentro haciendo cola no me responde ni tiene forma humana, no considero que haya ALGUIEN guardando turno. Por tanto, me la juego, aparto el cesto y me pongo en modo Gladiator, scutum y gladius en ristre.

Lo que sucede a continuación es impresionante, digno de estudio en algún departamento de ciber-implantes en Silicon Valley: al usuario de la cesta o carro  se le activa un tipo de alerta innata fruto de  algún don natural oculto en cierto lugar recóndito de su cuerpo. Tú mueves la cesta y a él le vibra un sensor donde mejor lo pueda sentir.

En un tiempo récord, fulminante como un rayo y con la precisión de un ingeniero de logística, solicitará a quien había recibido su vez en la frutería que espere, que le guarde el turno, que él iba después de la señora que está junto a los pepinos que a su vez había dado la vez en la pescadería a quien guarda otro turno al señor de la pollería.

Aunque la descripción de esta minuciosa ruta laberíntica parezca eterna durante su lectura, el caradura en cuestión surgirá junto a ti en un destello digno de Flash (ese personaje de DC Comics)defendiendo la representación ejercida por un cesto de plástico que ya estaba a punto de hablar en su nombre para darte la endiablada vez, que ya suena a invento del averno. 

No sé tú, pero yo no he podido evitar pensar en la magnífica e hilarante recreación que habrían extraído los hermanos Marx de esta situación tan absurda. Supongo que no se les ocurrió porque la sociedad tendría otras miserias, pero esta, con semejante egoísmo, con semejante descaro y convicción, no.

Lo triste del asunto es que, como otro ejemplo más de nuestra degradación como sociedad, constatamos que no sabemos comportarnos debidamente sin multas, castigos ni dispensadores de número de turno en la cola  de un puesto manteniendo un orden que, ya mayorcitos, debería nacer espontáneamente de nuestra intención. Pues nada; señores comerciantes, en nombre de la paz, hagan el favor de instalar dispensadores de numerito.

Patricia Vallecillo es escritora y vecina de Alcorcón. Su último libro, ‘Las abejas de Malia: el maestro griego‘ se puede adquirir pulsando aquí. Por otro lado, la segunda parte de la primera entrega, ‘Vidya Castrexa’, se puede adquirir en el siguiente enlace.

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