Un hachazo de la peor de las suertes en Alcorcón

La tragedia se ceba con crueldad con nuestro municipio, una vez más, y vuelve a poner de manifiesto lo importante que es disfrutar de la vida. Un hachazo de la peor de las suertes en Alcorcón

Este humilde juntaletras estaba en la tarde de este jueves apurando el tiempo de descuento de su jornada laboral, contando los segundos para recoger los bártulos e irse de cena. Cuando, de repente, una llamada lo cambia todo. Al otro lado, Andrea, mi compañera de vida. «Álex, bájate porque ha habido una explosión y se está quemando un edificio al lado de casa. Hay muchísimo humo. Hay un bloque ardiendo».

Efectivamente, a apenas unos cientos de metros del lugar en el que vivo, el local sito en el bajo del número 45 de la Calle Oslo acababa de empezar a arder. Me asomo a la ventana, veo la gran cortina de humo. Muchísima inquietud. Bajo a la calle con lo puesto y veo cómo empiezan a llegar ambulancias, camiones de bomberos y coches de policía. También decenas de personas, que se agolpan en las inmediaciones del lugar. Ha pasado algo, eso está claro. «Creo que ha habido un incendio en la cocina del ático, por eso hay tanto humo», me comenta una señora. Pero todo parece mucho más grave. Los bomberos, con la grúa, intentan abrirse paso por los aires. Y cada vez llegan más ambulancias, más policías. Cortan la calle. Empiezan a aparecer camiones de cadenas de televisión. El móvil no me para de sonar. Me sube un escalofrío de lo más intenso.

Comienzo a recabar información, a hacer preguntas, y me pongo a escribir. Una explosión, un incendio, un accidente que ha llegado de la mano de la peor de las fortunas. Soy testigo, con mis propios ojos, de cosas que son imposibles de explicar. Las autoridades trabajan sin descanso, haciendo lo imposible por ayudar y para que no cunda el pánico. Me cuentan que hay decenas de heridos y tres personas muy graves, una madre y sus dos hijos pequeños. La madre, de mi edad. El mayor de los hijos, de los mismos años que tienen los niños a los que entreno (pues, además de periodista, también soy monitor de fútbol sala en mis escasísimos ratos libres). El otro, un bebito de nueve meses. Se me encoge el corazón.

Lo trato todo con mucho respeto, con mucho mimo, con todo el cuidado del mundo. Incluso llamo a mi inseparable Víctor Guillén, la voz de mi conciencia, para cerciorarme de que no me estoy saltando ningún paso, de que no he podido ser más pulcro en mi texto. Y me lo coge, pese a estar a punto de entrar al cine. Porque Víctor siempre está. Ya llego tarde a la cena, pero no importa. Publico mi noticia. Hay tres personas muy graves y decenas de heridos. Pero tengo la esperanza de que no vaya a mayores. Un pequeño hilo, al menos. Pero, entonces, llega el mazazo.

Un hachazo de la peor de las suertes en Alcorcón
Un hachazo de la peor de las suertes en Alcorcón. Carpa instalada para atender a los heridos. Fotografía: Joaquín Parejo

Me quedo sin fuerzas, sin alma. Le pido a Diego Rivero, mi infatigable compañero de batallas y que está en su día libre, que se ponga manos a la tecla. Y lo hace, a pesar de que su chica, que es de Valencia, está aquí pasando unos días con él. Porque Diego siempre cumple. Y porque yo no soy capaz de escribir lo que hay que publicar. Necesito aire, desconectar, respirar. Cojo el coche, tengo que dar la vuelta en la rotonda porque mi calle está cortada por coches de policía, y voy a Vulkano. «El sitio de mi recreo», que cantaría Antonio Vega. Tengo que coger oxígeno. Pero no es posible. Más aún cuando, de camino, me adelanta una ambulancia del SUMMA que viene del mismo sitio que yo. «¿Transportará a algún herido?», me pregunto. 

Creo que no me va a ser nada fácil abstraer la mente. Y no me equivoco. Me es imposible. Y mira que los míos lo intentan, pero es inútil. Entretanto, leo un mensaje de mi amigo Rubén, siempre tan pendiente de mí. «Alguien tiene que contarlo, por duro que sea, que lo es. Un abrazo grande, amigo, y gracias por contarlo tan bien como lo haces», me dice. Y es que en eso consiste esta ¿noble?, infatigable, esclava y durísima profesión que es el periodismo, que no tiene horarios y que te termina consumiendo. En especial, en noches como la de este triste jueves.

Son las dos de la mañana y vuelvo a casa. Todavía no me termino de creer lo de hoy. Siento la necesidad de pasar con el coche por ese maldito local, tal vez para ser consciente de que lo que he visto ha sido real, y no una pesadilla. La realidad me da otra bofetada. Todo sigue acordonado, no hay luces en el edificio, huele a humo y hay un coche de Policía Local apostado en el portal. No me hace falta ni pellizcarme para saber que no estoy durmiendo.

Como estoy desolado, me pongo a Estopa, porque David y José siempre me salvan. Porque, como siempre digo, donde no llegan las palabras, siempre hay una canción suya. Inicio el modo aleatorio en Spotify. Y la primera canción que suena es ‘Hemicraneal’, que recuerda la necesidad de disfrutar de lo que se tiene. «Deja que el deseo por una vez se cumpla», cantan los hermanos. Porque uno no valora la fortuna que tiene hasta que es demasiado tarde. Hasta que al destino le da por torcernos el gesto. Por eso vivan, disfruten. Porque uno nunca sabe cuándo será la última vez que vaya a hacerlo.

La siguiente canción es ‘Fin de semana’. No puede ser más reveladora, más evocativa. “Pero mañana es fin de semana…”. Y todo pasa, y todo sigue. Llego a casa, exhausto, rendido, y ese maldito hedor a humo me da la bienvenida nada más entrar. Y no se me quita de la cabeza el mensaje de esa última canción de Estopa. Mañana es fin de semana. Mañana será otro día, y el sol seguirá brillando, y el mundo seguirá girando. Aunque lo hará de una forma más triste, más trágica, sin ese angelito, sin ese ser de luz que ya brilla sobre el cielo de Alcorcón. Porque siempre hay que seguir, aunque muchas veces duela tanto. Descansa en paz, pequeño.

Fotografía principal: Álex Jiménez

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes que aparecen en este artículo.

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