Un nuevo relato de misterio para esta sección, que ya va por su segunda parte. Alcorcón extraño II: El hotel
El director del Hotel Golden Alcorcón llevaba tres noches durmiendo poco. No por miedo, sino por curiosidad, por esa mezcla incómoda entre incredulidad y la sensación persistente de que algo no encajaba.
A las diez de la mañana marco el número de la redacción de alcorconhoy.com
—Buenos días —dijo con una serenidad intencionada—. Necesito hablar con un periodista. No es una denuncia ni una nota de prensa… digamos que es una invitación.
El redactor que atendía el teléfono frunció el ceño.
—¿Invitación a qué?
—A presenciar algo extraño. Muy extraño. Y, si me permite la franqueza, creo que a mi hotel le vendrá bien algo de publicidad entre los aficionados al misterio.
Una hora después apareció José Luis, que sin ser redactor, habían decidido encargarle la cobertura de este tipo de sucesos. Llegó con expresión prudente y desconfiada. El director lo recibió en el vestíbulo. Era un hombre pulcro, de unos cincuenta años, traje gris y una modulación estudiada en su voz.
—Gracias por venir tan rápido.
—Me dijeron que aquí pasan… cosas.
—Sí. Pero antes de que imagine lo peor: nadie ha corrido peligro. No hay gritos, ni objetos volando, ni huéspedes huyendo despavoridos. Solo… detalles.
Subieron en ascensor hasta la cuarta planta.
El pasillo estaba impecable: tarima clara, luces cálidas y perfecta limpieza. El director caminó hasta la habitación 87.
—Todo empezó aquí.
Abrió la puerta.
La habitación parecía completamente normal: cama hecha con precisión, cortinas recogidas y una mesa con un teléfono, una libreta y el mando a distancia del televisor.
—Un huésped aseguró que, a las tres de la madrugada, alguien caminaba por la habitación —explicó el director— con pasos lentos de un lado a otro y le despertó.
—¿Vecinos?
—Lo comprobamos. Nadie en las habitaciones contiguas.
José Luis anotó sin comentar nada.
—Luego empezó lo curioso —continuó el director—. La televisión se encendió sola y comenzaron a sonar programas antiguos.
—¿Antiguos?
—Programas de hace quince o veinte años.
José Luis levantó la vista.
—¿Y eso es todo?
—Sí.
—¿Puedo quedarme esta noche? —preguntó.
El director sonrió.
—Eso esperaba.
A las tres de la madrugada el hotel estaba en silencio.
José Luis se había sentado en la cama con la grabadora encendida y el teléfono grabando sobre un trípode. Intentaba no dormirse, pero le pesaban los párpados como si fueran de cemento.
Entonces lo oyó: un paso suave; luego otro, y otro más. Cada vez más cerca. El sonido venía del pasillo.
José Luis abrió la puerta. El pasillo estaba vacío. Cuando volvió a entrar, la televisión estaba encendida. Un capítulo de El chiringuito de Pepe.
Entonces oyó un sonido a su espalda: el roce de un bolígrafo. Se giró lentamente. La libreta del escritorio estaba abierta y el bolígrafo se movía solo. Las letras aparecían con calma, una tras otra, como si alguien invisible escribiera con una paciencia infinita.
José Luis se acercó. Leyó la frase que acababa de terminar: «Por fin alguien ha venido a escuchar».
Se hizo un silencio largo y tragó saliva.
—¿Quién eres? —preguntó al aire.
El bolígrafo volvió a moverse.
—Fui director del hotel.
El redactor de sucesos misteriosos sintió un nudo en el estómago.
—¿Cuándo?
—En 2014 —el bolígrafo se detuvo. y durante unos segundos no pasó nada. Luego escribió una última frase:
—Me gusta que el hotel siga funcionando.
A las siete de la mañana José Luis bajó al vestíbulo con la libreta de la habitación en la mano.
El director lo estaba esperando junto a la recepción.
—¿Y bien?
José Luis dejó la libreta sobre el mostrador.
—Tiene usted razón —dijo—. Esto va a ser una historia perfecta para el periódico.
El director la abrió.
Leyó las frases lentamente. Luego levantó la vista.
—¿Le asustaría volver?
José Luis negó con la cabeza.
—No.
Miró alrededor del vestíbulo.
Por un instante creyó ver, reflejado en el cristal de la puerta automática, a un hombre con uniforme de recepcionista observando la escena con una sonrisa tranquila.
Cuando volvió a mirar, ya no estaba, pero la libreta estaba abierta y en la última página había aparecido una frase nueva: «Gracias por la publicidad».
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