Desde mi Colmena en Alcorcón: Tabla de salvación

Nueva columna semanal sobre la desconexión de uno mismo. Desde mi Colmena en Alcorcón: Tabla de salvación

Querido lector:

Antes de nada, necesito rendir la debida fe de erratas respecto al nombre que asigné al “Goliat de todos los exámenes”, al que hice referencia en la columna de la semana pasada: la EVAU. Incluso me he molestado en desgranar la sigla: EValuación para el Acceso a la Universidad. Pues claro; así de fácil era. Mis disculpas.

Me pudieron la impaciencia y este afán desmesurado por entrar a la chicha de la cuestión: ayudarte a  salir airoso del tránsito por ciertos caminos, no tan espinosos, si puedo aportarte ―desde mi humilde opinión― el calzado más adecuado.

Y dicho esto, abordo el tema que deseo compartir hoy, sobre una tabla de salvación que no debes perder ni en la peor de las tempestades, porque será lo que te ayude a sobrevivir y remontar en los naufragios de los que raramente se libra alguien en esta vida.

Todos tenemos una. Puede ser cualquier afición o talento; cualquier actividad que nos provoque un placer enormemente evasivo en un momento aciago de nuestra vida.

Antes quiero remontarme al día que inspiró este artículo: mientras estaba disfrutando de una carrera (lo que ahora llaman hacer running) me vino a la mente esta revelación: ¿Qué habría hecho yo sin esto? (con esto no me refería solo a correr; incluía otras actividades físicas). Experimenté un profundo agradecimiento hacia mi tabla de salvación: precisamente, lo que estaba haciendo en ese momento. Y, sobre todo, a la determinación con que no había permitido que se echara a perder.

En realidad tengo otras: leer, escribir… Pero quiero hablaros de esta tan especial que me parece imprescindible en todos los casos.

En mi caso particular, es medicina y vacuna contra todos los males; es mi reconciliación con la vida ―hasta cuando parece ensañarse conmigo―; es mi aliado inyector de fuerza contra toda pena o problema. Mi tabla de salvación es el deporte.

He pasado unos años que no desearía a nadie, como suele decirse. Pero no entraré en detalles, porque, obviamente, solo soy una paisana más en un mundo donde a todos nos toca soportar un marrón de magnitudes infernales de vez en cuando. Pues eso: A llorar a la llorería, como dice mi pequeñaja. No estoy aquí para contar penas.

Lo que yo quiero es narrar y ofrecer lo que me ayudó en dichos años de descalabro. Vamos a hablar de barcos:

Tuve un “yate” (metafóricamente hablando) sólido y elegante; es decir: un buen trabajo, un sueldo considerable y, por tanto, una libertad (que, nos guste o no, va muy ligada a la autonomía económica). Piezas prometedoras, aparentemente irrompibles, sosteniéndose unas a otras para conformar la ilusión de un futuro imbatible (un mamotreto pesado que ahora solo me evoca un barco de mármol que ví en China durante aquellos años prósperos). Un día cae la pieza más importante: la estabilidad laboral. Qué puedo contaros, que no sepáis, sobre cómo arrastra al resto. Mi embarcación de lujo hizo aguas a medida que se desmoronaba. Y con ella mi ánimo (como el de cualquiera ¿verdad?)

Llegó un momento en que solo me quedaba mi salud y aquello que la mantenía. Si perdía la última tabla acabaría ahogándome como, desgraciadamente, acaban tantos otros desafortunados, entre las turbulentas aguas de la privación, el desaliento y la despiadada indiferencia del resto de embarcaciones.

El deporte siempre fue irrenunciable, a pesar de embarazos, pandemias, calamidades climatológicas, algún problema importante de salud… Luché por conservar mi última tabla ―la salud que me aportaba el deporte―, como fuera. Sola y terca. Colchoneta y zapatillas contra la bestia de la pena, a bufar y a embestir, las veces que hicieran falta; negándome a no morir sin luchar (lo confieso: soy muy de celtas, lo veréis en mi próximo libro).

Ahora, mientras mantengo mi tabla, navego atenta a todas las oportunidades que puedan ofrecerme piezas nuevas. El SÍ y el ¿POR QUÉ NO? son timones excelentes. Agudizo la atención, observando hasta los detalles que antes me resultaban irrelevantes.

Van surgiendo ocasiones curiosas que me invitan a derivar por recovecos y lugares pintorescos, inimaginables en mi diario de a bordo inicial: gente nueva y sorprendente, perspectivas diferentes, retos antes impensables…

Todas esas nuevas vertientes exploradas me aportaron y aún aportan piezas nuevas: unas son inmediatamente útiles; otras no sé aún para qué servirán, pero su momento llegará.

Por supuesto, no navego despreocupada. Todavía me acechan momentos personales duros. Me llevo golpes de los que consumen mucha fuerza… y cada vez los encajo mejor. Se llama asumir la realidad con madurez. Y con esa tabla de salvación que no puede faltar.  En mi caso, ya lo he dicho, es el deporte. En el tuyo puede ser otra cosa (pintar, tocar un instrumento, escribir poemas, realizar voluntariados…, etcétera); solo tienes que buscar aquello que siempre te hizo volar por encima de cada apocalipsis ¿Y si, además, estuviera ahí tu nueva salida profesional?

(Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo, leí en un muro. Me encantó. Esa frase es una de las madrinas de mi libro). En otra columna os hablaré de otra tabla maravillosa e igualmente imprescindible: la Filosofía (¡que sí! ¿pero, por qué os da tanto sarpullido a algunos? Ocupa un lugar muy, muy especial en el deporte mental).

Ahora todas esas caprichosas piezas han conformado un liviano velero, más ágil, más libre ¿Más frágil? Tal vez… Pero siempre más fácil de reconstruir si vienen mal dadas. Especialmente, mientras nos quede la tabla que constituye su base.

Cuida bien la tuya, aunque a veces cueste. Aunque pese el cuerpo, el alma, la pereza que nos quiere hundir… Pelea por tu tabla de salvación.

Patricia Vallecillo es escritora y vecina de Alcorcón. Su último libro, ‘Las abejas de Malia: el maestro griego‘ se puede adquirir pulsando aquí. Además, también se puede encontrar en tiendas como la Carlin de la calle Timanfaya, 40, que tiene un grandísimo servicio y amable, como el resto del municipio.

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