Nueva columna semanal sobre cómo prevenirnos de los ladrones de maletas y sueños. Desde mi Colmena en Alcorcón: Esta maleta de destino incierto

Llevo un rato observando dos fotos de Hitler. Solo pensaba mirar una para extraer impresiones de ese rictus que, en ninguna de las fotos, es abandonado por unos labios estrechos y apretados bajo el celebérrimo bigote rectangular, así como tampoco por, un poco más arriba, ese flequillo extendido como un filete de surca de lado a lado un cráneo solo comparable a la caja de Pandora.

Mientras observo la primera, la elevo ante mí. Me imagino que lo tengo aquí, frente a frente, complacido ante mi apariencia casi aria, pensaría estúpidamente él, ignorando mi mezcladísimo y variopinto surtido de genes―, “mientras yo disimulo (cual espía redomada extraída de mi fantasía como escritora), me gano su confianza para, como en las películas, descerrajarle un tiro a tiempo…”

Qué espanto, mejor lo dejamos en un dardo somnífero y lo encerramos de por vida en Alcatraz. Mi amor por el respeto a la vida se extiende incluso a estos desechos.

En breves palabras: lo borro a tiempo de la Historia:  antes del horror, antes de los saqueos, de la separación de las familias… de los infanticidios; antes de los esqueléticos cadáveres apilados como sacos inertes a un lado, mientras al otro forman otro montón sus maletas, ingenuamente preparadas… esas maletas que simbolizan la esperanza de continuidad en otro lugar.

Nadie hace una maleta si sabe que va a morir.

“Valiente desgraciado”, le digo. Y pienso en su homólogo comunista, Stalin, que tiene un delito añadido al genocidio que comparte con Hitler, al profanar el sueño de Marx con un totalitarismo propio del fascista.

Cuando un tarado con delirios de grandeza sueña y se obsesiona con experimentar y ejercer poder; dominar, imponer sin consenso, por la fuerza… encuentra la forma de llevar su proyecto a cabo y hacer que llegue lejos, si tiene el don de hechizar a una masa inculta, crispada y enferma de deseo de pertenecer a una causa que dé sentido a su existencia, generalmente quebrada por la inestabilidad y la incertidumbre de cualquier crisis económica.

Los pobres de espíritu son fáciles de convencer. Hambrientos como están sus corazones y sus mentes, de un alimento intelectual que les aporte algo de paz, han sido nutridos con eslóganes, estereotipos y ambiciones que les llevan a creer que su alcance les dará la felicidad y el ejercicio de la libertad arbitraria, basada en la irresponsabilidad.

Vuelvo a mirarlo: su mirada es desafiante, en su brillo rebosa un ego enfermizamente exacerbado.

Durante la foto, alguien le diría: “Herr Hitler, mire a la cámara como si deseara aplastarla con los ojos”. Y él, tan ufano, inmortalizó esa mirada asesina, crisol de toda su obra y su desprecio a la existencia que no encajara en los parámetros de su macabra criba, con la que separó las vidas que él consideraría valiosas, de las que, a su febril juicio, merecían ser exterminadas como una molesta plaga de insectos.

En la otra foto, sin embargo, su ceño está arrugado y sus cejas no parecen obedecer a la indicación anterior: aparentan tristeza.

Es tal mi desconcierto, que recurro a “mi comodín”: respiro hondo, invocando a mi musa.

Esta se acerca, topándose con las fotos sin ocultar una mueca de asco. La pobre disfrutaba de unas merecidas vacaciones, bailando todavía entre los celtas de mi último libro (Vidya Castrexa). Cierro los ojos para que entre en mí. Cuando los abro, oigo su nítida voz.

Me dice que, efectivamente, hay tormento en los ojos de este chalado, en sus negras ojeras y los párpados hundidos. Que intenta insuflar el mismo temor que en la otra foto; aparentar el mismo poder. Que, sin embargo, la fuerza anterior no acude a su cara, no brilla en su gesto.

Le pregunto:

―¿Crees que… tal vez…?

―¿Remordimiento? ¡Uf…! No, Patri…

Simplemente, este engendro que se vino arriba gracias al poder de su labia y la habilidad de canalizar la rabia colectiva hacia la consecución de sus enfermizas aspiraciones… Este monstruo, veía llegar su final.

Y todo esto lo han traído mis abejitas, mientras me cepillaba los dientes, cuando me pillaron pensando:

“¿Qué tamaño puede llegar a alcanzar el ego de un ser acomplejado que un día no es más que una persona insignificante que, para colmo, se siente físicamente poco agraciado (obsérvese el modelo ario de belleza defendido por él, en contraste con su propio aspecto), y decide cultivar su elocuencia para lograr el éxito social (como aquellos que deciden desarrollar un “savoir faire” verbal para explotarlo con el tipo de mujeres que de otra forma no repararían en ellos ni pasándoles por encima)?

¿Qué consecuencia tendrá que llegue a desplegar su trabajado poder de influencia sobre las masas, ―desde esa terrible caja de Pandora, como dije antes― unido a una capacidad de sintetizar información sesgada, en cantidades ingentes, para vertirla sobre una población que pasa por un momento extremadamente sensible, matizando las premisas a su conveniencia?”

El mismo ego, diferentes colores, una sola vacuna: el desarrollo intelectual. Llenad vuestra maleta de libros que alimenten vuestra capacidad de analizar críticamente todo intento de manipulación, venga de donde venga.

Feliz verano a todos. Y a los que os vais de vacaciones: prudencia al volante y calma con las gestiones de alojamiento y demás. Disfrutad como merece esta maleta de destino incierto que es la vida.

Patricia Vallecillo es escritora y vecina de Alcorcón. Su último libro, ‘Las abejas de Malia: el maestro griego‘ se puede adquirir pulsando aquí.

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