Desde mi Colmena en Alcorcón: SARA

Nueva columna semanal sobre el cuidado y el cariño medioambiental y material. Desde mi Colmena en Alcorcón: SARA

Hoy es domingo siete de agosto, que coincide con el cumpleaños de mi abuela. En realidad redacto “Desde mi Colmena” el jueves previo. Por tanto, mientras escribo estas líneas, es cuatro de agosto, día exacto del cumpleaños de mi hija (que luego nos tiramos celebrando tres o cuatro días entre familias, amigos y gaitas varias).

A ver cómo sintetizo esto, porque lo que tiene una colmena es que, por un lado, requiere de una organización impecable para salir adelante. Pero por otro, recibe continuamente la llegada de mis afanosas abejas, que entran con sus patitas cargadas de ideas, todas presurosas pero, supongo, siguiendo un orden para que esto no acabe como el camarote de los hermanos Marx, con todas asaltándome a la vez:

“Y esto, ¿dónde lo pongo?”.

Así está mi cabeza ahora mismo: por un lado, entra una abeja sosteniendo entre sus patitas valioso material sobre una poderosa flor que envuelve a mi abuela y a su fascinante historia de lucha por sobrevivir, poner a salvo a sus hijos y lograr de la nada una forma de subsistencia convertida en el negocio que sacó a toda la familia adelante.

Por otro lado, una segunda abeja recoge cuidadosamente los bellísimos once años que hoy cumple mi hija, honrosa portadora del mismo nombre que su bisabuela: Sara.

Esta abejita se sitúa junto a la primera, ofreciéndome su polen, tomado de una flor diferente de la anterior, ambas procedentes de la misma pradera.

La primera reclama: “Cuenta la historia de tu abuela Sara,  la valiente madre que una noche escapó del franquismo en un tren, por los pelos, sin nada más que un niño en cada mano (mi tío y mi madre), tras ver prendido a su marido, sin saber si sería encarcelado, asesinado o ambas cosas”.

La otra añade: “Pero no olvides mencionar cuánto se parece tu hija Sara a tu abuela, cuánto coraje, determinación y carácter ha heredado de ella, cuán invencible será su ánimo y cuánta fuerza interior y energía brota de los genes transmitidos de aquella leona gallega”.

Entonces llega una tercera abejita ofreciéndome otra aportación: “Once años, qué envidia, qué belleza, qué nuevo despliegue de descubrimientos en este vergel con que nacemos, lleno de flores que irán abriéndose gradual y tímidamente con la edad. Qué hermosos once años, cuando sientes claramente cómo se abre una puerta a una nueva fase que, sin eliminar ni solapar aún la magia infantil, hace que a tu alrededor florezcan nuevas inquietudes, curiosidades, amistades, impulsos, anhelos… Entramos en una nueva dimensión, más rica y extensa en emociones; algo más cerca del mundo adulto, pero conservando todavía esa pequeña mochila de la niñez, llena de lápices de colores y brillantina, para seguir embelleciendo todo lo que nos encontramos”.

En fin, son tantas, tantas flores para mi pequeña colmena y estas abejas tan entusiastas …

Vivir con una colmena así es tan apasionante como caótico. Menos mal que al final las abejitas terminan organizadas. O más bien yo consigo poner orden, no me preguntes cómo.

Había preparado dos columnas más sobre otros temas. La vida es un jardín infinito y mis abejas incansables. Pero este tema de mis Saras, en esta fecha tan especial, aunque algo personal, me parecía importante para hacer una llamada al recuerdo de la clase de personas de las que descendemos, y el deseo de que celebremos la prodigiosa transmisión de las cualidades que nos regalan a través de la memoria genética; que no nos olvidemos de su lucha; que no dejemos que la atrofia inducida por diversos medios arrincone estos magníficos genes hasta hacerlos morir,  en un cromosoma dormido por la comodidad relativa de la que hemos gozado.

Dicho esto, si me lo permites, hoy termino un poquito antes, y me voy de cumpleaños.

Felicidades, hija. Felicidades, abuela, allá donde estés.

Ojalá un día pueda contar la historia de Sara (la abuela). Escrita está. Si me lo permiten por aquí, la traeré. Es un relato corto que conmocionó profundamente a los pocos afortunados que lo leyeron, cuando yo aún no hacía públicas mis líneas.

Feliz semana y larga vida a todos.

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.

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