Apuntes desde Alcorcón: Descripciones silenciosas

Alberto Viña nos trae una nueva columna semanal hablando sobre el sentimiento personal en los objetos. Apuntes desde Alcorcón: Descripciones silenciosas

Este año mi padre y yo hemos decidido retomar la lectura casi al mismo tiempo. Los dos solíamos leer mucho antes, aunque el tiempo nos fue arrebatando las ganas poco a poco. Esta vez hemos sabido plantarle cara a la desgana. De momento vamos ganando.

Mi padre y yo leemos en el metro. Somos odiosos. Parece que leamos para que nos vean hacerlo más que por leer de verdad. Juro que no es así. Al menos por mi parte. Por mi padre no puedo responder. Mis viajes de ida y vuelta a Madrid para trabajar son ahora un poco más entretenidos y clásicos. Nada de luces LED y de pantallas táctiles. Solo páginas de papel tan antiguo y amarillento que parece que se ha reciclado él solo. Esa es otra: escojo libros de la biblioteca personal de mi abuela, probablemente la persona que más ha leído de la historia. Ayer me terminé El Padrino, por ejemplo.

Con sus más de quinientas páginas me ha acompañado durante varias semanas en mis viajes en metro. Dentro de mi mochila esperaba paciente a que lo sacara y lo abriera. Con un folio mal doblado como marcapáginas. Con una encuadernación -seamos generosos- vintage. Con una portada azul que tiene un acabado mejor del que os estáis imaginando. Me acostumbré a tenerlo siempre a mi disposición. Cuando llegué a casa después de terminarlo y lo puse en una de mis estanterías -lo siento, abuela, de mi casa ya no sale- fue como perder un trozo de mí.

Hablamos mucho de los lugares que abandonamos o de las personas que se marchan. Pero no hablamos lo suficiente de los objetos que llevamos con nosotros hasta que terminan su misión y los dejamos. Muchos llegan a formar parte de nuestro ser. Una extremidad más que ha perdido la conexión física con nuestro cuerpo, pero no la conexión nerviosa. Todos tenemos algún objeto así. Varios, de hecho. Os cuento algunos de los míos. Mi reloj, que no sé qué será de mí el día que no pueda hacer el gesto que tanto me gusta de revisar la hora de reojo con un preciso giro de muñeca y verle a él. Una pulsera negra con enganche plateado, que ya ha empezado a dar síntomas de que ha entrado en los últimos compases de vida. O la botellita de agua que me llevo al trabajo todos los días y que a veces siento que me mira y carraspea para que beba un trago para no deshidratarme.

Hay muchísimos ejemplos. El teléfono móvil, por decir uno con el que todos nos identifiquemos. Aunque este lo considero menos personal porque todos lo usamos de la misma manera. Y a todos nos guarda fotos, vídeos o audios especiales. También hay relaciones más esporádicas y alejadas del desgaste de la rutina, como un par de zapatillas. Cuando toca cambiarlas y tirarlas resulta un auténtico funeral. Con ellas se van también restos de los suelos que pisaste y en los que fuiste feliz, lloraste o te emocionaste. Ya solo quedarán en tu memoria.

Creo que nuestra manera de tratar las cosas dice muchísimo de nosotros. Si cuidas las zapatillas para que duren o las usas hasta reventarlas. Si conservas tus juguetes de cuando eras pequeño y, en caso de hacerlo, cómo los tienes guardados. Si siempre bebes del mismo vaso o de la misma taza, cuánto tiempo tienen y en qué condiciones están. ¿Nos preocupamos por esos objetos? ¿Hasta dónde llega nuestra empatía? ¿Te sientes mal por llevarte solo el bolígrafo azul y dejar el negro, su inseparable compañero, detrás?

Este dilema y varios más son descripciones silenciosas que dicen de nosotros mucho más de lo que creemos. Son extrapolables a la vida y sus cosas. Porque, además, llegará el día en el que serán nuestros pasos los que no lleven a nadie a ninguna parte. Y querremos haber tenido un trayecto feliz y un final respetuoso.

AV

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