Desde mi Colmena en Alcorcón: Una tormenta con Marías

 

Nueva columna semanal sobre el sueño de una noche de tormenta, casi verano. Desde mi Colmena en Alcorcón: Una tormenta con Marías

Las tres de la mañana y sin pegar ojo. Me río del Diazepan recetado para mis contracturas y de sus supuestas virtudes somníferas, dignas del mismísimo Morfeo.

Fogosos parpadeos deslumbran la estancia, incluso a través de las diminutas ranuras de la persiana. Sus disparos sordos preceden a unos truenos que amenazan con arrojarnos toda la furia del dios celta Taranis, el griego Zeus o cualquiera de mis hijos cuando descubren que he desordenado su ordenado caos para escribir en su habitación (si tiene hijos, un escritor andará como un paria errante en su propia casa; un “okupa” de mesas y sillas ajenas en las que plantar su ordenador).

Todavía tumbada mirando la infinita y oscura nada, oigo al peludete zarpeando con inquietud y sin rumbo por el maltrecho parquet. No es lo normal en su ronda: su paseo habitual le lleva de cuarto en cuarto como si pasara lista. Pero esta noche es diferente: va y viene demasiadas veces, hasta que se detiene en el aseo. De pronto, se le doblan las patas traseras y echa a correr como si escapara de algo.

―Vaya nochecita… ―Suspiro.

Me espera en la puerta. Me mira suplicante. No, no son sus necesidades; conozco su manera de expresar ese tipo de urgencia. Esto es diferente; es el gesto de quien sabe algo y se muere por contarlo.

―Anda, vamos al salón, que esta noche promete.

Las tres y media. A las siete sonará el despertador y pasaré el día como un despojo andante. Me siento en el sofá.

―¡Arriba!―le invito a subir, para que ocupe su sitio junto a mí, o casi sobre mí: enroscado y con una pata y el hocico sobre mi muslo.

Rechaza dicha invitación y se mantiene sentado , erguido  como la escultura de su equivalente en mi libro ―Hestia―, con los ojos clavados en el otro extremo del sofá.

―Happy, ¿qué pasa?, ¡venga, sube!

La frecuencia de los destellos tormentosos aumenta. Mis crispados ojos vuelven a posarse en el perro. Insisto con todo tipo de expresiones familiares para él: venga, arriba, vamos…, acompañadas de sus respectivos manotazos en el asiento.

Tampoco se deja tocar cuando le acerco la mano; su cabeza me esquiva con un quiebro para, nuevamente, tratar de dirigir mi atención al punto donde mantiene los ojos fijos.

―¡Pues vale, tío!―Le ignoro, harta de insistir, y me dispongo a tumbarme con las piernas en alto, hábito que me ayuda a conciliar el sueño, además de beneficiar mi precaria circulación sanguínea.

Al fin, truena. Es tal el zambombazo que ambos compartimos el respingo. Una vez más, sus ojos desorbitados me indican el lugar del sofá donde encuentro a Javier:

―¡Vaya entrada! ―balbuceo cuando recupero el habla.

―Así era yo. Y te encantaba.

―Sí, pero leyéndote no me sobresaltaba tanto.

―Indiferente no te quedabas.

―Eso sin duda, amigo.

Compartimos un silencio incómodo entre humanos, calmo entre mortal e inmortal: él no tiene prisa y yo solo tenía que dormir. Me incorporo para observarlo mejor. Nunca le había visto de una manera que no fueran las fotos en sus artículos de un suplemento dominical: en un retrato como Almudena Grandes (D.E.P.; máxima mención merece igualmente) o, ya en los últimos años, de pie, lejano, como Rosa Montero o Manuel Rivas.

Y, desde luego, nunca tan cerca.

Está sentado con la pierna derecha cruzada apoyando el tobillo sobre la rodilla izquierda. Su brazo derecho se apoya en el de mi sofá y la mano izquierda en el asiento contiguo. Mira al frente, pensativo. Me da miedo. No como el fenómeno que resulta ser ―a nivel paranormal, quiero decir― sino por el que fue entre nosotros; por la transparencia de su carácter brutal e inocentemente sincero; la valiente mordacidad de sus opiniones; el lenguaje contundente con que yo rellenaba mis fichas de vocabulario como una ladrona de palabras, usurpadora de tesoros periodísticos, surcando suplementos y libros, insatisfecha con los diccionarios comunes…

Todo aquello, en fin, que me fascinaba de sus artículos pero que al leerlo me hacía sentir, a la vez, que no desearía experimentarlo contra mis propias carnes o, mejor dicho: mis libros o artículos.

―Lo que daría por un cigarro―resuelve, para mi alivio.

―Maldito tabaco.

¡Diantres! Ya tuvo que hablar esa parte de mí que mete baza cuando menos me conviene. Para mi sorpresa, ríe y me mira con un extraño destello de aprecio en sus ojos.

―¿Por qué eres tan blanda escribiendo?

―¿Perdona…?

―Perdono. ¿Por qué escribes con miedo a no gustar a todos los públicos? ¿Qué tiene de malo que alguien se disguste?

Tras dos o tres segundos boquiabierta con la expresión de un besugo en la pescadería, arguyo:

―Yo no cuento con tu prestigio, Javier. No poseo ni una parte del carisma con que tú te permitías cargar incluso contra aquellos con quienes comparto mis ideas, y aún así hacerme disfrutar con tus letras. Tienes una antigüedad, una presencia, un… bueno, tenías… y nos has dejado sin ella.

―Te toca, Patricia.

―¿Que me toca qué?

―Inténtalo. Tienes un genio sarcástico. Sácalo. Por eso estoy aquí.

―¿Cómo el fantasma de la navidad presente?

―No me jodas, niña.

―Bueno, niña… que ya tengo unos espolones, eh…

Inspira profundamente. Vaya, creí que ellos ya no necesitaban respirar; será un gesto reflejo.

―Javier…, yo no quiero publicar comentarios que puedan resultar ofensivos para algún sector. Debo tener cuidado con lo que digo, inducir a la reflexión sin perder la neutralidad.

No me responde. La desazón de su silenciosa pausa me reconcome y desemboca en la pregunta clave:

―¿Por qué has venido?

―Por esto precisamente. Es algo que deseo resolver antes de mi marcha.

De mi marchauna marcha definitiva, un corte traicionero y doloroso en el camino recorrido a través de sus artículos; un fin tajante con el abismo de un nunca más señalando un límite inamovible, drástico, inesperado.

No recuerdo desde qué edad los he seguido (a él y a sus compañeros) por esos suplementos que eran prácticamente la única lectura a mi alcance, aparte de las viñetas del Semana y el horóscopo del Diez Minutos. Me costaba Dios y ayuda, pero al final la luz de un terco entendimiento abría paso a sus palabras entre mis tiernas neuronas.

Pienso que, en este momento “segunda mano” de recibirlo todo en diferido, seguiré leyéndole en suplementos atrasados hasta que un día no le encuentre más en la última página. Tal vez sea mejor así…

Sin embargo, el desamparo derivado de la pérdida de uno de mis referentes me abate y mi vista se pierde en las manchas de Happy, que ya duerme apaciguado por el fin de los truenos y la nana de la lluvia tras los cristales.

―¿Sabes qué te digo? ―añade―: Para que sientas que vuelvo de vez en cuando, en alguna de tus columnas tomaré tu pluma y verás que no me has perdido del todo.

Le sonrío, pero ya no está. No en el sofá, sentado.

Vuelvo a la cama, donde cierro los ojos y me disuelvo en el sonido de los últimos goteos. A la mañana siguiente medito sobre el sueño tan raro que he tenido, mientras la cafetera americana libera mi elixir vital.

Más tarde comienzo una columna: “¿Quién da la vez?”.

Y una carcajada suave, traviesa y algo ronca resuena en mi interior.

Sus últimas novelas: El maestro griego y Vidya Castrexa (pertenecientes a la trilogía Las abejas de Malia), junto con su primer cuento infantil: Letras para una bruja, pueden adquirirse en la librería NOCTURNA DE LIBROS (C/ Parque Bujaruelo, 15. Alcorcón), así como en Amazon y en a través de la web Las abejas de Malia de la autora.

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes que aparecen en este artículo.

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