Desde mi Colmena en Alcorcón: Pepito Grillo

Nueva columna semanal sobre el significado actual de este personaje. Desde mi Colmena en Alcorcón: Pepito Grillo

Somos muchos los que, entre chascarrillos, aún nombramos a este personaje para hacer alusión a algún momento de remordimiento, o para referirnos a esa persona que nos devuelve al buen camino, o al menos lo intenta.

Si no recuerdo mal, en la versión Disney del célebre cuento Pinocho, Pepito Grillo encarnaba la voz de la conciencia en el cuerpo de un grillo con levita y chistera. El papel del distinguido insecto consistía esencialmente en amonestar a un niño de madera cuya nariz crecía cada vez que mentía.

Desgraciadamente, en la vida real, este comezón moral y su persistente cri-cri, tienen un doble filo: tan pronto es necesario como puede ser perjudicial. Sume nuestra vida en vicisitudes que nos ahogan y desahogan, entre arrepentimientos y aciertos; nos mantiene presos de un desasosiego continuo, bajo mil obligaciones y compromisos con valores que cambian abismalmente de una época a otra.

Todo para que al final, en el último aliento de nuestra vida, nos sintamos orgullosos de las elecciones acertadas, pero también repasemos lo absurdo de tanta renuncia y nos sintamos estafados.

Y es que siempre creímos que Pepito Grillo tenía razón en todo momento y situación, de manera infalible,  desconociendo su rasgo predominante: la volubilidad dependiente de la tendencia sociocultural de cada época, que juega con nuestra conciencia, escribiendo, borrando y reescribiendo las normas. A lo largo de nuestra trayectoria vital no pudimos percatarnos de que nos sobraron Pepitos Grillos. Y siempre -o casi siempre- nos damos cuenta de ello demasiado tarde.

Las generaciones anteriores se vieron privadas de gozar de ciertos placeres sanos y naturales porque, por entonces, el grillo al uso les arrastraba, con moral férrea, al mea culpa y a un decoro absurdo. Los cementerios están repletos de tumbas y nichos en cuyo interior yacen las tristes cenizas de cuerpos dotados, en su día, de cualidades espléndidas para un disfrute negado y frustrado; de vidas deslavazadas en pos de un reconocimiento ultraterrenal a las retorcidas privaciones impuestas por el Pepito Grillo de su época (ya lo dijo Remy de Gourmont: de todas las aberraciones sexuales, la castidad es la más singular).

Hoy en día no padecemos las moralinas de dicho personaje en ese aspecto (o eso espero, por todos los dioses), pero su voz se nos presenta en una suerte de moderno autotune que repite con toda suerte de ecos su chirriante machaque desde múltiples escenarios: trabajo, familia, pareja, medio ambiente, conciencia social y otras responsabilidades que, por supuesto, no deben desconsiderarse por completo, ni tampoco, por otro lado, ser empleadas en un linchamiento colectivo por el simple placer de la lapidación popular -y populista-, venga del lado que venga.

Vivimos y nos desvivimos entre exigencias imposibles de cumplir, al menos todas a la vez, y reproches injustos que calan en nuestra frágil conciencia, haciendo de nuestra existencia una huida constante hacia un mañana será otro día; porque hemos perdido la hoja de ruta de la felicidad presente.

Si a la multitud de escenarios antes mencionados, le sumamos, para más inri, las opiniones de las redes sociales, con Twitter como defenestrador por excelencia, y no les plantamos freno en nombre de la vida que nos pertenece más legítimamente que el derecho a opinar sobre la del vecino, acabaremos saltando, pero no de alegría, sino del balcón, o por un barranco, por poner ejemplos de una realidad -el suicidio- cuyas cotas, por cierto, ya son escandalosamente altas, intolerables y de urgente atención.

Hoy es ocho de mayo. Supongo que -como cada día en este calendario de nominaciones diarias que en algún momento se nos fue de las manos- debe ser “el día de algo”. Francamente, ni sé qué día es ni me importa.

Hoy es el día en que, simplemente, me apetece deciros, queridos lectores, que examinéis detenidamente el origen de ese cri-cri; su intención, su razón o falta de ella y ponderéis su relevancia respecto del tiempo de vida que os queda y de si sois realmente felices.

Cuando os reprochen que no trabajáis (como si fuera tan fácil conseguirlo o lo que realizáis sin remunerar…) o que trabajáis demasiado; que sois muy laxos o que sois muy exigentes como padres; que sacáis demasiado o demasiado poco al perro, etc…, recordad una fábula magnífica sobre la pareja de ancianos que no sabía si subir o no al burro porque hicieran lo que hicieran, recibían críticas, y decidle a cada Pepito Grillo que os venga a opinar sin ánimo de ayuda, sólo para reafirmarse como perfecto virtuoso, que se busque una vida. Que la vuestra solo tiene un dueño: el que la vive.

Patricia Vallecillo es escritora y vecina de Alcorcón. Su último libro, ‘Las abejas de Malia: el maestro griego‘ se puede adquirir pulsando aquí. Además, también se puede encontrar en tiendas como la Carlin de la calle Timanfaya, 40, que tiene un grandísimo servicio y amable, como el resto del municipio.

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