Desde mi Colmena en Alcorcón: Conoce a una escritora

Nueva columna semanal sobre lo que siente un escritor. Desde mi Colmena en Alcorcón: Conoce a una escritora

Y por fin, escapo a mi habitación. Despliego la mesa, robo una silla de otro cuarto, enciendo el portátil, conecto el ratón… Manoseo nerviosa las patillas de mis gafas, esperando el momento de ponérmelas, como si hacerlo antes pudiera romper un hechizo o traer mala suerte.

Tomo asiento en esa nave que me lleva a lugares y momentos que uno no puede imaginar con la misma voluntad con que se ordena un armario. No: no es esa, si es que puede llamarse voluntad.

Extraigo el pendrive del estuche, mientras siento el aumento de la frecuencia cardíaca que solo experimento de forma similar cuando me calzo las deportivas, ansiosa por atravesar el parque de Los Castillos, la pasarela que nos separa de las Presillas, y una pequeña pradera que me adentra en el pinar donde aún disfruto de buenas carreras y mucha, mucha inspiración.

El ordenador se enciende. Mi nave vibra. Sus motores aceleran cuando mis dedos acarician el teclado.

Soy la flecha de mi ratón. Busco lo que comúnmente llamamos el archivo. Al pincharlo, aparece la puerta que me absorbe y todo desaparece a mi espalda: la habitación, las paredes, las penas, el Covid, las noticias y todos los siglos, con toda su Historia, que hubiera de retroceder para situarme en la franja temporal y espacial que he elegido.

Varias son las fórmulas mágicas que me arrancan de la compañía de mis personajes y su mundo. Basta un: «¡Mami! ¿Qué hay de cena?» o «Hay que bajar al perro». A veces es el mismo Happy quien, con su presencia y su insistente hocico, reclama mi regreso al único mundo que conoce, que prácticamente, a su vez, soy yo.

Cuando vuelvo, paso a otro pendrive una copia de la noche, los días o los años vividos en sólo unas horas de éste que llamamos mundo real. Me veo en el espejo del armario: mi mirada es la de un viajero que regresa de su mayor aventura. En mis ojos aún brillan pequeños destellos que surcan mis pupilas como restos de un cometa. Mi piel está sudorosa aunque mi cuerpo no se ha movido, como si yo misma hubiera empuñado una espada o participado de su elaboración en la fragua; como si hubiera vivido la historia de amor más hermosa, o llorado la tragedia de una aldea arrasada.

El retorno me cuesta. Mis pies sienten el suelo como cuando acabo de quitarme los patines y miro el ordenador como todos miramos la cama al levantarnos, tras recibir el aviso de nuestro inclemente despertador.

Apago, pliego, ordeno, guardo… y me queda el consuelo de que volveré.

Y en la calle la gente me observa con curiosidad: no es normal cruzarte con alguien feliz. Ponderan, en base a lo que observan o lo que conocen, de dónde pueda provenir esa alegría que irradio, salpicada aún con vestigios del brillante halo que deja mi musa.

No saben que tengo un lugar increíble al que regresar siempre que quiera. Pero pueden conocerlo cuando lo deseen.

Porque soy escritora.

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