Desde mi Colmena en Alcorcón: De maestras y valientes

Desde mi Colmena en Alcorcón: De maestras y valientes

Nueva columna semanal que nace de la observación del arte: ese chivato de la Historia. Desde mi Colmena en Alcorcón: De maestras y valientes

Exposición “Maestras” en el Museo Thyssen. Por fin me he cobrado ese bien merecido homenaje que una se promete y logra cumplir antes de que la frenética rutina diaria le agote el plazo.

A sólo tres días de haber terminado la lectura de la famosa novela “Mujercitas” de Louisa May Alcott, me topo, en medio de un deleite de belleza al óleo, con este cuadro de Anna Lea Merrit, titulado “La guerra”.

Como todos los cuadros me fascinaban, decidí no ceder a la tentación de empezar a sacar fotos (sé que no habría parado hasta quedarme sin espacio en el dispositivo).

Pero ante este (y uno más)… no pude resistirme y ¡click! (bueno, ese sucedáneo de click que hacen los móviles). A pesar de la borrachera que embriagaba mi vista y mis emociones, este lienzo se me apareció como un nítido cometa surcando tremendo firmamento.

(La verdad es que tiene un punto divertido esto de quedarse absorto mirando algo: a los diez segundos te rodea una muchedumbre boquiabierta buscando aquello que te tiene atrapada).

Vuelvo al cuadro:

A primera vista, “La Guerra” me transmite una historia infinitamente repetida a lo largo de la Historia: la de millones de hogares arrojados a la precariedad, la hambruna y, finalmente para la mayoría, la muerte o el exilio, con la codicia de unos pocos como causa de tantas y tantas vidas perdidas en el campo de batalla y fuera de él.

Acercándome un poco más, con idea de fijarme en las pinceladas y demás detalles, choco con la mirada de la mujer que, sin duda, protagoniza la escena. Denota la determinación, el coraje, el soporte emocional conferido en base a su edad y su personalidad; o a su rango ,o al carácter…, ¡o a todo junto! Sin embargo, se puede captar cierto matiz de tristeza en sus ojos.

Como en el libro mencionado, como en la vida misma, siempre hay una hermana que nace con más agallas que las demás (no le veo edad para ser la madre de todas). Desciendo la vista y reparo en un elemento clave que se convierte en objeto de inquietud: esa llave y la manera en que los dedos que la rodean se entrelazan fuertemente. El gesto denota fuerza y a la vez cierta súplica de ayuda divina.

¿Qué abrirá —o cerrará— dicha llave? —wasapeo reenviando la foto a mi amiga Mª Carmen Morcillo, autora de “Pintoras en la Historia, mujeres en el olvido” (y pionera en el tema, aunque ahora alguna celebrity literaria se lance a seguir/imitar/pisar su estela amparada por su fama y una flamante editorial de las gordas).

La pregunto porque siempre tiene respuesta. Su memoria alberga un sinfín de datos, fechas, nombres, anécdotas…, hasta cotilleos tipo prensa rosa, en una versión adaptada, por ejemplo, a antiguos sucesos y secretillos (con frecuencia de alcoba real) que uno puede descubrir en los cuadros gracias a ella. M.Carmen es el vademecum del arte entre bambalinas.

Pero esta vez, para mi sorpresa, no tiene respuesta. Así que investigamos un poco. Y no encontramos nada.

Como las redes no ofrecen más que alguna hipótesis incierta… Tiramos de imaginación:

—¿Será la llave de un joyero?

—Pero cómo va a abrir eso un joyero, mujer.

—Es verdad, ja,ja.

—Pues algo abrirá.

—Yo creo que lo cierra—sostengo—. Ella cierra la casa. Ella tiene la misión de salvaguardar la propiedad y la familia.

El instinto me lo sugirió desde el principio: esos puños tan apretados rodeando la llave, el gesto de quien hace acopio de valor para ejercer la protección esperada de ella…

Las miradas que la rodean son significativas: ella es el soporte, el hito, la piedra angular de las esperanzas de cada una de las hermanas y su anhelo de recuperar la seguridad perdida.

“Menudo papelón le ha caído…” pienso. Se traga el miedo, la incertidumbre, las lágrimas; lo empuja todo de vuelta esófago abajo, junto con el corazón. Ella será la que reconforte al resto, les aporte fe en una posible supervivencia, simule la conservación de la normalidad…

Tiene un doble papel: ocultar el terror que la muerde como a las demás, pero desde dentro, donde nadie lo ve, y dejarse la vida si es necesario, por no defraudar a la confiada familia.

Hago un breve inciso para añadir que más adelante vi otro cuadro: una madre viuda, más sola de lo que una pueda imaginarse jamás con su bebé, empeñando las últimas alhajas que pudieran quedarle. El contexto es la guerra en un momento más avanzado, cuando la miseria comienza a hacer mella. Pienso: ¿Y quien no tuviera joyas o cualquier otro objeto de valor?

Las mujeres de los pobres lo pasarían peor, sin duda. A ellas se les acabaría pronto la poca reserva de lo que quiera que pudieran conservar. No todo el mundo cuenta con la misma altura en esta inundación.

Vuelvo al cuadro que ilustra esta columna:

Hacia el borde izquierdo, más allá del balcón, se ve a los hombres que inician su camino a la guerra. Todos desfilan igualados en el paso, en el miedo disimulado, en la tristeza de una posible última despedida, hacia las fauces de la hambrienta parca que no distinguirá clases sociales a la hora de devorar su carne cuando un cañonazo haga crujir sus armaduras como el caparazón de un molusco.

Allá van los que sostenían económicamente a su familia; unos opulentamente, otros como podían, estos con las manos ya encallecidas por el duro trabajo de la clase menos afortunada. En los pisos ricos y pobres, en la ciudad o en las aldeas donde residían, lloverán cartas con la mala noticia: El Sr. Fulano de Tal ha caído defendiendo noblemente su patria.

“¿Qué vamos a hacer ahora?”, parecen decir las señoritas que rodean a la portadora de la llave. Han recibido una educación que ensalzaba las manos suaves y la palidez, la fragilidad y la incapacidad de defenderse como parte del canon de belleza femenina establecido. Sus talentos e inquietudes intelectuales, su agilidad, su musculatura… se han mantenido atrofiados desde su nacimiento para gusto y aceptación de un buen partido. La imposición de una estética machista las convirtió en corderos y ahora se enfrentan solas a los chacales.

Y ahora tan solo pueden temer, rezar y rodear con miradas interrogantes a la mujer que, aparentando aplomo, se esfuerza en buscar el milagro que les ayude a encarar la miseria, el hambre y la enfermedad mortal.

Y no digamos a salir enteras si los suyos pierden la guerra y los vencedores acuden a buscar su botín… del que siempre hemos formado parte las mujeres.

Qué hermoso horror, este cuadro de Anna Lea Merrit. Cuánta belleza para describir lo que ha sido de las mujeres mientras sólo se exponía lo que pintaban los hombres.

Patricia Vallecillo – escritora.
Autora de la trilogía Las abejas de Malia y del cuento Letras para una bruja.
Facebook: Las Abejas de Malia libro
Instagram: escritorapatriciavallecillo

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