Nueva columna y la última entrega de esta historia. Alcorcón extraño II. Los pendientes malditos: final

A lo que su tía, captando la urgencia en la voz de Lucía, fue moderando el llanto, hasta acabar con unos pequeños hipidos entrecortados. Tras un breve silencio, prosiguió con la historia:

—María estuvo un tiempo prometida con el hombre más rico del pueblo. No sé si en algún momento llegó a amarle, pero a medida que fue descubriendo quién era realmente, se fue distanciando de él; dejando de ser la muchacha alegre y audaz que había sido siempre para mostrarse mucho más taciturna y cautelosa.

La noche previa a su boda me confesó que había conocido a otro hombre y que iban a fugarse juntos, por lo que al día siguiente no habría boda. Yo le hablé de mis temores: que no podía romper su compromiso con Bernardo Cifuentes Fonseca, el líder del cartel de la droga más peligroso de todo el país (su prometido), y esperar que no tomara represalias contra ella. Pero María estaba segura de que la dejaría libre y que, de lo contrario, le confesaría que estaba embarazada y que su hija no era suya.

No me pareció una buena estrategia, pero tu madre siempre fue así de enérgica y confiada. Siempre veía la mejor faceta de las personas y  no comprendió que en esta ocasión, había hecho un trato con el mismísimo diablo. No obstante, pese a su confianza en poder abandonar a Bernardo la mañana de su boda, me hizo prometer que si le pasara algo yo cuidaría de vosotras.

—Entonces, ¿quién era el hombre de la foto?

—¿Qué foto, Lucía?

—¡La foto que teníamos en el salón, el hombre de los mocasines que había sido eliminado de nuestra foto en el banco de la entrada! —consiguió articular Lucía con dificultad mientras su enfado iba en aumento y buscaba en su bolso la cajita de terciopelo.

Cuando Teresa pudo ver el fragmento de la fotografía que ella misma arrancase hace ya tantos años se vino abajo por completo y no pudo eludir la pregunta.

—Tu padre siempre fue un galán —dijo mientras se levantaba en busca de un viejo álbum de fotos.

—Fernando era el amante de tu madre cuando estaba prometida con Bernardo. Como ya te he contado, pensaban casarse y marcharse muy lejos. Pero no tuvieron ninguna oportunidad. Bernardo no solo se negó a cancelar la boda, sino que amenazó con matar a Fernando si ella no se casaba con él. Y cuando llegó el momento de pronunciar los votos, ella confesó que estaba embarazada de otro hombre. En ese momento, Bernardo desató su ira y le dio tal manotazo que la tiró al suelo. Entre insultos dejó que María se fuera de allí aun con su vestido de novia y un reguero de sangre en la comisura de los labios. Y tras su marcha, la maldijo delante de todos los que estábamos en aquella iglesia: «juro que no descansaré hasta que esta afrenta sea vengada con sangre. Te mataré a ti y a tu progenie aunque sea lo último que haga».

Meses después, María y Fernando regresaron al pueblo para tener al niño y querían hacerlo rodeados de sus seres queridos sin tener que huir como cobardes ni convertirse en fugitivos. Como si no le tuviesen miedo a Bernardo.

Las dos nacisteis en un día de lluvia. Estabais preciosas, sanas y sonrosadas. Tu madre siempre tuvo claro cómo os llamaría y lo último que me pidió fue que llevase a grabar vuestros nombres, Ana y Lucía, en aquellos malditos pendientes. El día de su muerte, yo le llevé esa misma cajita de terciopelo que ahora tienes tú entre tus manos.

Debes creerme, Lucía. Tan solo la dejé sola un instante. Salí al pasillo a preguntarle a una enfermera cuándo le darían el alta tras el parte y que cuándo podríamos llevaros a casa a ti y a tu hermana —dijo Teresa entre lamentos—. Pero cuando regresé, María yacía muerta en la cama sin que nadie hubiese visto cómo la habían apuñalado. Todo el pueblo temía a Bernardo y nadie, ni siquiera la policía loca, se atrevió a acusarle de aquel horrible asesinato. Ella aún llevaba los pendientes escondidos en uno de sus puños, manchados de su propia sangre, por lo que los cogí sin pensarlo y salí en busca de vosotras.

Teresa hizo una breve pausa. Hasta que localizó la foto que estaba buscando en el álbum. Con su dedo índice derecho temblando, señaló una foto muy semejante a la que había presidido el salón de Lucía durante tantos años, solo que tomada cuando aún eran unos bebés. Teresa aparecía sentada en el banco sosteniendo a una sonriente Lucía en el regazo mientras que Ana descansaba en los brazos de su padre.

—Fernando y yo huimos durante casi dos años hasta encontrar esta casa. Pero yo no me sentía aún a salvo y, en el fondo, tampoco Fernando. Nos habíamos casado una semana antes de que hiciéramos esta fotografía. No planeamos ese matrimonio, pero solo nos teníamos el uno al otro. Comprendimos demasiado tarde que la pena era lo que nos unía, no el amor. Además, esa no era la clase de vida que queríamos para vosotras: siempre con el temor de tener que salir huyendo, ocultando nuestras identidades a todos. Le juré a tu madre que siempre os protegería, pero no fui capaz de cumplirlo.

—¿Por qué nos separasteis a Ana y a mí y por qué no se quedó mi padre con nosotras?

Teresa cambió el rictus de tristeza por el del enfado profundo, como el de las heridas que ya solo sangran por dentro con el paso del tiempo.

—Tu padre estaba cada vez más paranoico. Temía que Bernardo algún día diese con vosotras y lograra mataros. De hecho, no soportaba verme con los pendientes que vuestra madre mandó grabar y ni siquiera me dejó regalároslos. Yo los llevé desde entonces en memoria de mi difunta hermana porque no creo en maldiciones —suspiró brevemente para continuar de nuevo—: poco después, Fernando se volvió mucho más hermético. Era como si ya ni siquiera confiase en mí. Hasta que una terrible mañana de otoño, al despertarme, vi con terror que su ropa ya no estaba. Nos había abandonado a las dos, llevándose a Ana y los pendientes consigo. Esa era la única forma que encontró de salvaros, al menos a una de las dos, pues Bernardo nunca llegó a saber que erais dos mellizas las que nacisteis hace ya veintiséis años. Nunca volví a saber más de él ni de la pequeña Ana. ¡Ay, Ana, mi pequeña Ana! —dijo entre lágrimas.

—¿Por eso rompiste la foto del salón?

—Sí —logró contestar Teresa—. No soportaba verle después de lo que nos había hecho y te prometo que busqué los pendientes sin éxito durante años, pero no podía pedir ayuda a nadie por miedo a que se descubriera toda la verdad y Bernardo diese con nosotras. Después, me fui olvidando de todos los recuerdos, tanto malos como buenos, y nunca me atreví a decirte nada… hasta ahora.

—Pero, entonces, aunque no haya una maldición, yo tampoco estoy a salvo. Está claro que Bernardo sabe que yo también soy hija de Teresa y vendrá a por mí. ¡Tenemos que hacer algo!

Todo lo que contó la tía a Lucía fue un gran y doloroso descubrimiento para Lucía. Saber que nunca conoció a su familia verdaderamente, que había encontrado por azar a su propia hermana y, sin embargo, el destino se la había arrebatado. Pero no, no fue el destino, fue una venganza cruel. Lucía estaba convencida de que debía ponerle fin y hacer justicia con ello a sus seres queridos. Y dado que Teresa no parecía muy dispuesta a ayudarla, Lucía decidió ir en busca de la única persona que ahora podía cuidar de ella, como ya intentara hacerlo en el pasado: su padre. Fernando. El hombre del parque.

Encaminó de nuevo sus pasos hacia el parque con la esperanza de volver a encontrarlo allí. Le esperó durante horas en vano y, cuando ya iba a marcharse, un adolescente se acercó a ella, le preguntó la hora y, cuando Lucía iba a contestar, el muchacho se marchó dejando sobre su brazo flexionado una pequeña nota.  Lucía no se molestó en perseguir al chico, sino que se limitó a leer aquella nota. Era de Fernando. La citaba en una cafetería poco concurrida junto al cementerio en una hora. La nota finalizaba diciendo que procurara que no la siguieran.

Lucía no sabía muy bien cómo evitarlo, así que optó por cambiar de transporte en varias ocasiones y confundirse entre el gentío con la esperanza de que no pudieran seguir su rastro fácilmente.

Una vez en el lugar de reunión, Fernando la aguardaba sentado en una mesa discreta en un rincón. Vestía normal para pasar desapercibido.

—Supongo que tendrás aún muchas preguntas —soltó Fernando sin dar tiempo a saludo alguno.

¿Por qué te llevaste solo a Ana y por qué luego te deshiciste de ella? ¿Cómo podemos acabar con esta maldita persecución? —preguntó Lucía sin apenas tomar aire.

Su padre emitió un leve gruñido de resignación y comenzó a narrar su propio relato:

—Tu tía y yo teníamos posturas irreconciliables respecto a vuestro futuro. Ella quería pasar página, dejaros vivir en paz de una vez sin miedo a seguir siendo perseguidos por un fantasma. Y durante años fue así porque estuvo encarcelado. Pero yo sabía algún día saldría y que haría lo imposible para cumplir con su maldición. Así que pensé que separaros era lo más inteligente, pues Bernardo no sabía que erais dos. Tu tía y yo éramos los únicos que lo sabían. No la amé como a tu madre, pero de algún modo también llegué a quererla. Así que hui con Ana. Aproveché que nunca fue registrada debido a la confusión tras el asesinato de tu madre y un médico amigo mío falsificó la documentación y la adoptó un matrimonio de profesores a los que conocí en uno de mis viajes. Deseaban formar una familia, pero la naturaleza no se lo había permitido. Así que supe en seguida que serían los padres perfectos para Ana. Y tal vez eso la hubiera mantenido con vida de no ser porque os conocisteis en la escuela. Yo me marché de la ciudad durante un tiempo y solo venía a ver a Ana a escondidas muy de vez en cuando. Por eso, cuando os vi juntas, pensé que él también os podría haber encontrado. Era evidente para cualquiera que hubiera conocido a María, que Ana era hija suya por di gran parecido físico. Era su vivo retrato. Tú, en cambio, te pareces mucho más a tu tía, aunque innegablemente tienes los ojos de tu madre. Por eso tomé la decisión de advertiros aquella noche. Pero nunca imaginé que ya era demasiado tarde… Al menos para Ana.

—¿Y no creíste conveniente explicarnos bien todo esto del asesinato, en lugar de jugar con nosotras como hiciste? —acusó Lucía muy enfadada a su padre.

—Lo cierto es que tienes razón. Pero temí que me tomarais por un loco y, de algún modo, sentía que debía ser Teresa quién os dijera la verdad. Pero ahora me doy cuenta de mi error. ¡Pero ese bastardo ya no nos atemorizará más, lo mataré con mis propias manos! —dijo Fernando encolerizado.

—Creo que tengo un plan mejor. Pero necesito que confíes en mí —anunció Lucía mientras se ponía el pendiente de media luna con su nombre en la oreja izquierda. Con todo lo que sabía a esas alturas, ya no creía tampoco en ninguna maldición.

—¿Sabes? Yo le regalé a tu madre esos pendientes. Nunca estuvieron malditos. Eran solo el símbolo de nuestro amor, pero no quería que os los pusieseis para que no os pudiera reconocer Bernardo.

—Y ahora nos servirán como cebo para hacerlo caer en nuestra trampa, pues sabemos que vendrá a por mí en cuanto lo reconozca. Solo tenemos que ser nosotros los que llevemos la iniciativa. Debemos elegir dónde y cuándo le atraparemos y hacerlo de forma tan sutil que no vea venir a la policía a la que habremos pedido ayuda previamente.

—¿La policía? —preguntó Fernando esquivo —¡No nos creerán! ¿Y qué pasaría si no se presentan? ¡Él te matará! Y yo no podré soportar perderte a ti también, hija mía.

—No te preocupes, llevarás una nota en la que le explicaré todo a mi compañero de universidad. Su padre es policía y, dado que Bernardo tiene antecedentes, nos creerá. Ten confianza en mí. Y si no aparece la policía, podrás «matarlo con tus propias manos porque estarás escondido en algún lugar de la casa».

La trampa estaba dispuesta. Al parecer, el cártel de Bernardo fue desarticulado mientras estuvo preso y este ya no tenía ningún poder, pero seguía siendo peligroso. Además, había una investigación en curso y los seguimientos que estaba haciendo la policía les habían llevado hasta mi barrio. Esa misma noche, acabaría todo en casa de Teresa. Pues decidí irme con ella porque no sería lógico que me quedara sola en mi casa después de lo ocurrido y eso mismo también lo sabría Bernardo. Teresa no debía saber nada o echaría el plan a perder. Tan solo esperaba que al menos su tía no corriera el mismo peligro que ella.

El resto de la historia fue vertiginoso: llevé puesto el pendiente durante todo el día y, por la noche, una sombra irrumpió con sigilo en la habitación. Mi padre se había escondido bajo la cama de Teresa antes de que esta llegara a casa y yo dejé la almohada bajo la sábana para fingir que estaba dormida y me oculté en el armario. Cuando apareció el asesino de madrugada y comenzó a acuchillar el bulto que pensaba era mi cuerpo, salí del armario, le eché spray de pimienta a los ojos y salí corriendo de la habitación. Bernardo me persiguió enloquecido, con Fernando, entumecido por horas inmóvil tras él, bajo la atónita y legañosa mirada de Teresa que comenzó a chillar de terror en cuanto se despertó del todo y fue consciente del peligro.

Yo tropecé con el último peldaño de la escalera y proferí un grito al torcerme un tobillo. Finalmente, una luz se encendió en el salón y dos policías armados dispararon a Bernardo justo cuando se abalanzaba sobre mí con un cuchillo, mientras aún estaba en el suelo dolorida. Bernardo cayó desplomado a mis pies. Mi padre entró gritando. Mi tía Teresa no paraba de llorar desde lo alto de la escalera y yo creí sentir unos brazos rodeándome.

La vista se me nubló y la casa desapareció poco a poco de mi consciencia. Antes de desmayarme del todo, tuve un único pensamiento: «aún estoy viva».

José Luis las miró sin palabras que decir. Ellas tampoco tenían más que añadir. Así que las despidió con amabilidad y agradecimiento prometiendo publicar aquello que le habían compartido.

FIN

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.

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