Nueva columna semanal de actualidad. La ventana de Alcorcón. Cuando el orgullo descarrila: lecciones tras la tragedia ferroviaria
España presume —con razón— de una de las redes ferroviarias más modernas de Europa. Kilómetros de alta velocidad, récords de puntualidad y una imagen de eficiencia que ha servido de escaparate internacional. Pero el 18 de enero de 2026, esa narrativa se rompió de golpe cerca de Adamuz (Córdoba): un tren de la operadora Iryo descarriló e invadió la vía contraria, impactando con un Alvia de Renfe, dejando al menos 43 personas muertas y más de un centenar de heridos.
Las hipótesis investigadas sobre el accidente son: fallo en la infraestructura de la vía, fallos en ruedas, ejes o defectos mecánicos no detectados en revisiones, error humano, fallo en los sistemas de señalización y seguridad, mantenimiento insuficiente o deficiente, fatiga del material por alta exigencia operativa, factores ambientales o la combinación de varios factores técnicos y organizativos que, sumados, desembocaron en el accidente.
La causa exacta sigue sin conocerse, aún se está investigando, pero ya escurren el bulto todos los implicados que deberían haber velado para que algo así no ocurriese. Para ganar pasta sí están los jefes, pero para asumir responsabilidades desaparecen y buscan cabezas de turco y cortinas de humo.
Precisamente es lo que está pasando. Nos están sobreinformando para intoxicarnos hasta dejar nuestro interés y atención anestesiados. Sucedió en los atentados de Atocha, en la pandemia, en la Dana, en el gran apagón… Siempre la misma estrategia y siempre les funciona. Como buenas ovejitas seguimos comprando el discurso completo de unos y otros, sin criterio, con la conciencia tranquila por votar el mal menor, porque debemos ejercer nuestro derecho al voto y elegir entre unas pocas opciones que muchos no sentimos que nos representen y que ni colaboran entre ellas de forma altruista por el bien de todos.
Apenas dos días después, otro accidente en la red de Cercanías, en Gelida (Barcelona), causado por el derrumbe de un muro tras fuertes lluvias, dejó un fallecido y decenas de heridos. No fue de alta velocidad, pero sí en España también, la misma semana y la misma sensación incómoda: quizá el problema no sea la tecnología, sino cómo se cuida.
No se trata de señalar culpables antes de tiempo. Se trata de asumir que la seguridad de las infraestructuras debe mantenerse. Cada kilómetro nuevo de vía exige un kilómetro de mantenimiento riguroso. Cada récord comercial debería ir acompañado de una inversión silenciosa y constante en inspección, prevención y transparencia.
¿Piensan en eso cuando construyen o muerden más de lo que pueden masticar?
Es como tener seis hijos con un sueldo de mileurista. O a lo mejor sí hay dinero, lo que ocurre es que este se diluye entre muchas manos hasta llegar una mínima parte donde debería.
El ferrocarril seguirá siendo uno de los medios de transporte más seguros, pero solo si se acepta una verdad poco glamurosa: la modernidad no inmuniza contra el error, y cuando el orgullo descarrila, lo mínimo exigible es asumir responsabilidades y aprender antes de volver a acelerar.
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