Desde mi Colmena en Alcorcón: La Vie en Rose

Desde mi Colmena en Alcorcón: La Vie en Rose

Nueva columna semanal sobre el día a día y sus pequeñas anécdotas que a veces traen grandes satisfacciones a pesar de un mal inicio.

No se lo van a creer: mi musa está de vacaciones. ¡No tengo tema con que ilustrar esta columna! Voy a tener que hacer magia escritora de emergencia: dejar la pluma flotando a la deriva…, a ver qué sale.

Y es que esta semana no he visitado museos, exposiciones ni nada especialmente llamativo. Ni siquiera he leído apenas noticias; en parte porque me crispan, en parte porque se me agota la paciencia con la mayoría de ellas (¿no les ocurre lo mismo?). A esto se suma que mis ocupaciones se han elevado al cubo.

Sólo se me ocurre marcarme un sucedáneo del que bien podría ser un capítulo de “Dorita Desapercibida”, el desternillante libro de Susana Aguilera que nos ofrece ―a mi parecer― una versión a la española y mucho más afín a nosotros, de aquella Allie McBeal, abogada de rascacielos neoyorquino, a quien le ocurrían ochenta panfiladas cada día, pobre mujer. Pues nuestra Dorita, así de descalabrada, pero más mortal, más humana y de Alcorcón.

Lo único malo del libro mencionado (“Dorita desapercibida”) es que si lo lees en un lugar público te miran como si estuvieras loca porque no puedes reprimir la risa; es imposible.

A mí ya no me queda vergüenza y me da igual. Pero aviso al resto del público para que se lo reserve celosamente como una chocolatina, hasta que halle la oportunidad de disfrutarlo a salvo de miradas curiosas, en todo su hilarante esplendor.

Esto me da pie para confesar que, en mi caso, mi faceta de “Dorita” tiene la juerga garantizada incluso contra mi voluntad.

¿Que cómo puede ser eso? Porque, muy a mi pesar, padezco un talento (sí, padecer un talento suena raro, pero enseguida lo entenderán) en virtud del cual cualquier fatalidad que me haya sucedido ―no importa lo afectada que yo me muestre al narrarla― desata las carcajadas de los presentes. Tal es mi maldición: así como soy nula contando chistes (los destripo, soy pésima), el día que me levanto de la cama y los dioses la tienen tomada conmigo, podría debutar en el Club de la Comedia al final de la jornada y arrasar.

Es un hecho infinitas veces constatado a lo largo de mi vida: Cuando llego adondequiera que alguien me esté esperando, tras haber sido perseguida por una sucesión de fatalidades, la audiencia enmudece en los primeros segundos de maldiciones y lamentaciones y, a medida que voy exponiendo los hechos, un estallido inicial de risas termina dando lugar a unas carcajadas que pueden degenerar en toses y estertores realmente preocupantes (nivel: “llama al 112 y a ver si Maruchy deja de fumar, que un día se nos muere”).

Hay que ver, con lo grave que me muestro yo escuchando las penas y problemas de cualquiera, y cuando me despacho hecha un basilisco sobre esto y aquello, el personal se me tira por los suelos ¿Será posible?

Bueno, pues por esta vez rompo el maleficio, pues la última anécdota acontecida tiene final feliz.

Les cuento: una mañana de limpieza, sintiéndome especialmente intrépida y vigorosa (traducción coloquial: que me vine arriba), despegué la cama de mi hijo de su pared, la cual da al exterior de la fachada. Ya conocen las camas de esta generación: no son meros somieres con colchón como los lechos de nuestra infancia; las camas de estos chicos están rodeadas por una carcasa de gruesa madera acompañada de cajones y cama adicional ―algunos cuentan hasta con pupitre― rodeándolas porque lo que menos tienen es una cama. Algo parecido al teléfono móvil: que de teléfono ya les queda cada vez menos.

Así que me chasqué los nudillos, crují el cuello (esto en realidad me ocurre aunque no quiera), tensé mi ¿poderosa musculatura? y moví el trastazo, bien encajado el condenado, para descubrir tras él lo que habría servido de inspiración a los guionistas de Stranger Things: un portal a un inframundo de humedad y moho.

Juraría que aquello se movía.

Desde mi Colmena en Alcorcón: La Vie en Rose
Desde mi Colmena en Alcorcón: La Vie en Rose

Llegué a temer que la garra de un demogorgon me alcanzara por el brazo con que le disparaba el spray de lejía, y tirara de mí hasta meterme a rastras en ese horror al revés, producto de tantos años de negligencia desde que una inspectora impuso a la comunidad de vecinos la rehabilitación de la fachada.

Oh, no, no… No estoy siendo honesta respecto al párrafo anterior. Permítanme que haga la debida corrección de edición y humilde confesión: en realidad yo no logré mover completamente el armatoste (¡pero lo moví dos centímetros, eh…!). Mi marido completó el desplazamiento de la cama, y cuando el monstruo asomó en toda su ferocidad…, no fui yo quien se enfrentó a él.

Le encasqueté el spray de lejía al pater familias, le dí una palmadita en la espalda y huí miserablemente con el perro, que también quería ponerse a salvo.

Cuando volvimos, cual San Jorge tras derrotar a semejante bicharraco, me señaló al demogorgon, que yacía pulverizado por la lejía, y la clausura de su portal de entrada a este mundo, bien sellado por dos capas de pintura térmica.

Les pongo en antecedentes: en mi edificio no sólo existe un problema galopante de filtraciones y humedad. Además… ¡No hay cobertura exterior de ladrillos en la fachada lateral (¡olé!)!.

Una se imagina la escena, hace unos sesenta años:

La empresa constructora se cansaría de hacer Venus ―o se quedó sin ladrillos― y le diría al jefe de la obra: “échale una plastilina rosa bien potente a esta pared y vámonos de aquí”.

A pesar de las obras costeadas por nosotros (esta que suscribe y San Jorge) para impermeabilizar la pared por dentro y rellenarla con espuma, seguimos temblando ante un diluvio de proporciones bíblicas. Cualquier noche de chaparrón se nos caerá la pared, aparecerá el capitan Pescanova y ―eso sí― podremos saludar a los viandantes desde la cama:

―¿Qué? ¿Sacando al perro ahora?

―Ya ves… Oye, me gusta tu pijama.

―Ya te diré dónde lo encontré. Luego te paso el enlace por wasap.

El caso es que hoy mi calamidad tiene final feliz: En el portal ha aparecido, como pegado por la mismísima virgen de Lourdes, ¡un preciosísimo aviso de “comienzo inminente de obras de rehabilitación de la fachada”!

Cada vez que entramos o salimos y lo releemos, pasamos el tramo restante flotando de felicidad.

Me he puesto tan contenta que, contra todos los votos en favor del gris como color elegido, he optado por marcar el rosa.

Perdónenme señores vecinos…, pero es que hoy veo la vie en rose).

Patricia Vallecillo – escritora.

Autora de la trilogía Las abejas de Malia y del cuento Letras para una bruja.

web: https://las-abejas-de-malia2.webnode.es/

Facebook: Las Abejas de Malia libro

Instagram: escritorapatriciavallecillo

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