Desde mi Colmena en Alcorcón: Aquel Jueves

Desde mi Colmena en Alcorcón: Aquel Jueves

Nueva columna semanal, una doble vertiente espacio-tiempo: la que no abandonó a su autora. Desde mi Colmena en Alcorcón: Aquel Jueves

11 de marzo de 2004.

He hecho bien en volver a tomar la Renfe para ir al trabajo.

Desayuno con algo menos de remordimiento: lo quemaré caminando a paso ligero durante los quince minutos que me separan de la estación de cercanías de San José de Valderas; más los otros quince desde Recoletos a la oficina. Que luego se pasa una el día sentada y ¡uf…! Menudo pandero he echado desde que abrieron el Metro de Joaquin Vilumbrales al lado de casa.

Vamos allá: a base de enérgicas zancadas, llego a la mencionada estación. He sudado un poco, eso es lo malo. Pero todo ejercicio, de la manera que sea, es bienvenido cuando se trabajan tantas horas en una oficina.

Porque sigo regalando demasiadas horas de mi vida a una empresa como si fuera inmortal, mientras mis aspiraciones y seres queridos siguen esperando un hueco en mi agenda.

Me bajo en Atocha. Oteo entre la muchedumbre. Lo sabía: allá adelante va Laura.

Laura y yo no nos soportamos, de lo cual somos conscientes. Pero estamos tan bien educadas que tenemos una especie de acuerdo tácito en virtud del cual, si nos encontramos en la escalera que baja al andén de Recoletos, nos saludamos con elegante cordialidad (cosa que no abunda). Tras esto, ella se va al final de dicho andén y yo al comienzo, por donde entra el tren.

Somos muchos. Todos esperamos risueños, compartiendo con algún conocido la emoción del jueves en que ya tenemos planificado el fin de semana: la escapada a la sierra, la cena con…, el viernes de copas con los compis a la salida del curro, la comida familiar, el zoo con los niños… (bueno, esto último no es para mí, que sólo tengo veinticuatro años y aún me queda mucho por vivir antes de enterrarme en pañales, ja,ja…).

La emoción festiva se respira: un jueves más, hemos trabajado como campeones, ¡y mañana es VIERNES!, ¡definitivamente, uno de los mejores inventos de la humanidad!

A lo lejos ya se distingue el tren. Interrumpimos las conversaciones, expectantes, contemplando el vehículo que serpentea por la última curva mientras se acerca, imponente como un generoso dragón rojo que, como cada mañana, nos cobijará en su interior para repartirnos según el destino elegido. En la mayoría de casos éste se encontrará en Recoletos, pues casi todos trabajamos por la zona de Colón, Serrano… ¡Que ya nos conocemos casi como si compartiéramos oficina!

Ahí viene… Ya está llegando. Nos amontonamos manteniendo un orden, colocándonos en los lugares donde ya sabemos que se pararán las puertas, con cierta autodisciplina, sin que nadie nos organice, para preparar la subida al tren.

De pronto, un estallido, una combustión fulminante…

Y nuestra vida acaba ahí.

11 de marzo de 2004.

En un universo paralelo, inmensamente afortunado, este alter ego de la Patricia que termina en el apartado anterior, apagó el despertador y se regaló diez minutos más de sueño. “No puedo con mi alma…, diez minutitos más… y me levanto”.

Había sido una semana muy dura.

Diez minutitos, once, doce…

—¡Oh, no…! —Salté de la cama—. Tendré que coger el Metro o no llegaré. Nada, ya no saco tiempo ni para el único momento de ejercicio que tenía.

La Patricia que no murió —mejor dicho: a la que no mataron—, la que no acabó desintegrada al instante por la misma explosión que dejó a Laura, por hallarse más lejos del vagón, “sólo” diez meses en coma y toda una vida con metralla bajo su piel, esa Patricia es ésta que escribe, la que aún pasa por Atocha con el estómago encogido; la que aquel día recibió en su teléfono una llamada cargada de angustia, desesperada a causa del largo colapso en las líneas.

La llamada que respondió con un “¿diga?” y le devolvió como respuesta un suspiro y la voz angustiada de su padre:

—“Ya no necesito escuchar más. Gracias, Dios mío…”.

Ésa es la Patricia que todavía revive la brusca ruptura del futuro a corto y largo plazo, de los hermosos tapices de sueños que cada jueves eran pergeñados en el aire con los planes de todos aquellos compañeros de andén. Todo desgarrado por una explosión.

La Patricia que sigue muriendo y resucitando cada once de marzo y que en cada cumpleaños eleva su agradecimiento por la vida regalada (¡como para andar lamentando cada nueva arruga, las canas, la artrosis…!); celebrando la continuidad de la vida, en fin. La que le fue negada a todas las víctimas del 11 de marzo de 2004, y aún se le niega a las de tantos genocidios más que aún se perpetran en el mundo.

Está aquí de milagro, desenterrando un dolor compartido para seguir compartiéndolo —valga la redundancia— en esta columna. Viviendo todavía en ambos planos de existencia.

Porque algo de mí se quedó atrapado para siempre allí, como el fantasma de esa media-yo que cada “11M” no deja de repetir, desde un eco anclado en mi interior, ese último episodio.

Os deseo una larga, próspera y sobre todo bien aprovechada vida.

Patricia Vallecillo – escritora.

Autora de la trilogía Las abejas de Malia y del cuento Letras para una bruja.

web: https://las-abejas-de-malia2.webnode.es/

Facebook: Las Abejas de Malia libro

Instagram: escritorapatriciavallecillo

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