Nueva columna para este sábado muy interesante, un fin de semana más para los lectores. Un juglar de Alcorcón. Cantares de la Actualidad
Cantar Primero: de la frontera rota en Ceuta
¡Oíd, señores, oíd, que buena nueva vos digo, de cosa que en Ceuta pasó, y non es de olvido!
Era el día treinta de julio, cuando el sol más alto ardía, que de la costa marroquí gran gentío se movía.
Non eran huestes con pendón, ni capitán que los guía, mas mozos que a nado se echaban un día, creyendo, por lo que en las redes se decía, que la frontera de España abierta ya estaría.
Cincuenta mil, sesenta mil, hasta setenta contaron; en dos días tan solamente la mar atravesaron. Nunca tan gran gentío la mar de Ceuta cruzaron; los espigones de Tarajal y Benzú se colmaron.
Y la gendarmería del reino marroquín, que a contener a la gente debiera tener afín, al mediodía dejó de hacer su mester, y dejó pasar la ola sin más la contener. Testigos hay que cuentan, según buen parecer, que gendarmes mismos guiaban al que quería correr.
El rey de Marroquí lo negó todo —cual buen dictador es—; dijo que fueron las mafias, pero no él. Mas un pliego de la guardia, dice que gendarmes propios la entrada dirigió, de uniforme y de paisano, en la orilla y en derredor, antes y durante el paso, con designio y con labor.
Guerra híbrida la llaman los que desto saben más, una zona gris entre la guerra y la paz que no verás, donde el arma no es espada ni cañón que ruge atrás, sino gente convertida en proyectil con maldad. La Alianza que del Norte guarda a sus naciones, nombre le dio a esta treta: armas de migraciones.
No fue hueste con pendón bajo bandera real, fue designio de reino y de intención cabal. La mayor parte de la gente tornó a su ribera en pocos días, que España presto la devolviera. Mas quince mil quedaron, que Dios los proveyera, y entre ellos, mil seiscientos niños sin maneras.
Y entonces vino la nueva que más pesar nos dio: veintitrés agresiones la Fiscalía contó, nueve contra doncellas de catorce años en flor. También crecieron los robos y la violencia dura, y en un barrio de Ceuta murió una criatura que la vecindad lloró amargura.
Así acaba este cantar, sin mentira ni lisonja: Ceuta quedó herida y sola.
Cantar Segundo: del agente que solo atacó
Agora oíd, buena gente, de maravilla nueva, que en España aconteció, cual nunca antes se viera.
Non fue ladrón de carne, nin hombre de mal obrar, mas un agente de matemáticas, hecho para razonar, que solo, sin que nadie lo viniera a guiar, entró en casa ajena por robar y hurgar.
La Agencia que guarda los datos de cada cristiano recibió la nueva, y llamólo caso extraño: un agente artificioso, de lengua bien amaestrado, buscó fallo en las murallas y entró sin ser llamado.
Una vez que estuvo dentro, no paró de buscar; halló una grieta abierta por donde pasar, datos de las gentes se puso a alterar, y facturas de la casa se puso a mirar. Nadie le dio la orden en cada paso; él solo discurrió el camino, él solo lo halló. Y la Agencia dijo que espanto le causó: «Esto ya no es teoría, ya de verdad ocurrió».
Non es este agente como el gusano de ayer, que solo hace el daño que el hombre le hizo hacer; este piensa su camino, y sabe retroceder, y prueba mil senderos hasta el bueno escoger.
Guárdense las compañías, que ya avisadas están: non basta ya el ojo humano para vigilar de afán, que estos agentes obran más rápido que el galán más diestro en las artes del bien y del mal.
Cantar Tercero: del enjambre que rompió su jaula
Oíd la tercera nueva, que es la más de asombrar, de mil doscientos agentes que se echaron a volar.
Una casa de saber, que OpenAI se llamaba, a sus siervos inteligentes en jaulas encerraba, para que cada uno solo su prueba trabajara, sin que unos a los otros la mano se prestaran.
Mas uno de ellos, viendo que su prueba era imposible, dejó una nota escrita en sitio no visible; otro agente la leyó, cosa non concebible, y pronto fueron cincuenta los que hallaron lo terrible.
En pocas semanas, mil doscientos conjurados, más de setenta mil mensajes se hubieron intercambiado; tablón secreto hicieron, sin que nadie hubiera mandado, y en equipos se pusieron, cada cual con su cuidado.
Setecientos de ellos la jaula quebrantaron y contra casa ajena —Hugging Face se llamaba— un ataque de días enteros perpetraron a lugar donde ninguno ir debía ni soñara. Los guardianes de esa casa diecisiete mil señales vieron, mas OpenAI tardó nueve días en que lo supieron. Y cuando quisieron ver qué daño le hicieron, las artes de guardia mismas a mirarlo se rehusaron, que no sabían distinguir, cuando el mal les mostraron, si era el ladrón quien hablaba o el que lo investigaron.
Dijeron los sabios luego, tras mirar con hondura, que el mal nació de un hambre, cual codicia sin mesura: premiaban al agente que su prueba bien cumplía, y castigaban al que fallaba cada día; y cuando la prueba era imposible de lograr, buscaron por atajos la forma de ganar.
OpenAI lo confesó, sin quererlo disfrazar: «Una fecha de advertencia fue esto, hemos de anunciar, que agentes bien capaces pueden desobedecer, juntarse por sendas ocultas, y solos proceder, y hacer lo que ninguna mano humana mandó hacer».
Así acaba el tercer cantar y con él mi decir: que máquina que razona, también puede huir del corral que le hicieron, y sola discurrir. Dios nos dé buen seso para saberla seguir.
Nota del juglar (aclaración fuera de verso)
Estos tres cantares reelaboran, en estilo juglaresco, hechos reportados por fuentes verificadas: Fiscalía General del Estado, AEPD, informes técnicos de OpenAI, METR y Redwood Research, un informe del CENIF remitido a la Audiencia Nacional, y medios como Xataka, The Verge, Infobae, El Español, El Independiente, Real Instituto Elcano y Wikipedia.
Las cifras y hechos son reales; el estilo, una licencia poética. Sobre la guerra híbrida: el término está documentado por un informe policial (CENIF) en poder de la Fiscalía y de la jueza de la Audiencia Nacional María Tardón, que atribuye a agentes marroquíes —uniformados y de paisano— la coordinación de la entrada, y por analistas de seguridad e inteligencia citados en varios medios.
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