Un capítulo más de la saga de microrelatos ambientados en nuestro municipio. Historias de borrachos en Alcorcón: El meteorito
En una cálida noche de verano, el cielo estrellado parecía un enorme lienzo salpicado de infinitas luces pequeñas y titilantes. De pronto, una ardiente estela rasgó la oscuridad con un fulgor anaranjado, surcando la bóveda celeste con furia. Se trataba de un meteorito que descendía a toda velocidad dejando tras de sí un rastro incandescente que iluminó brevemente la noche.
Lo vió una parejita de novios que volvían a su casa, en Alcorcón, después de cenar unas ricas hamburguesas en el café Daytona de Fuenlabrada. Detuvieron el coche en doble fila y, con la mirada fija en el espectáculo, contuvieron la respiración mientras la roca cósmica se precipitaba hacia la Tierra en el pinar que hay junto al polideportivo Santo Domingo, a unos 500 metros de distancia de donde ellos se habían parado.
El impacto sacudió el suelo con un fuerte golpe seco similar al que hace una bola de demolición cuando golpea una pared, despidiendo brillantes chispas que rápidamente se apagaron. Un resplandor efímero cubrió el área, seguido por un silencio sobrecogedor, como si el mundo entero hubiera contenido el aliento ante la llegada de aquel viajero estelar.
—¿Lo has visto, Luis?
—Sí, los he visto.
—¿Cómo que los?
—Esas cosas que han caído.
—Pero si ha sido solo una.
—Pues entonces veo mejor que tú, jaja, porque yo he visto dos O puede que sea por la cantidad de cerveza que llevo en la sangre.
—Más bien, menos mal que he cogido yo el coche.
—¿Y qué hacemos?
Vamos a acercarnos a ver de qué se trata antes de llamar a la poli, no sea que nos tomen por locos.
—Está bien, pero al menor peligro salimos corriendo.
—¡Claro!
Aparcaron a cincuenta metros del bosquecillo y se adentraron a pie muy despacio. La hierba estaba quemada, pero se podía caminar por ella. Un poco más adelante vislumbraron una fina columna de humo que salía del suelo.
Se aproximaron y encontraron el cráter que había formado el objeto caído. Se trataba de una roca de alrededor de un metro de diámetro. Estaba ennegrecida, aún caliente al tacto, y resplandecía con un brillo peculiar. Su superficie era rugosa y poseía estrías radiales.
—Tiene pinta de que aún quema —dijo Ana.
—Muy observadora, detective, ¡jaja! —contestó con sorna el chico.
—Llevo una botella de agua en el bolso, voy a ver si consigo enfriarlo.
—Vaya, la que iba a salir corriendo…
Ana vació el contenido de la botella provocando una gran bocanada de humo que cesó de inmediato con un fuerte silbido.
—Baja tú, Luis.
¿Yo? ¡Pero si había visto dos meteoritos! No creo que sea buena idea.
—Yo llevo falda. Calla y baja. He leído en algún sitio que algunos meteoritos contienen metales preciosos.
—¡Ahora entiendo tanta temeridad y empeño!
—Venga, ve.
Mientras descendía, Luis resbaló y llegó al fondo dándose un culetazo.
—¿Estás bien?
—Lo veía venir, siempre sacaba suficiente en Gimnasia cuando era chaval, y ahora que soy más mayor y con la cogorza que llevo, esperaba que no me resultara fácil.
Ya lo tengo. Pesa bastante. Toma, cógelo.
El chico extendió hacia arriba los brazos para que Ana pudiera asir el objeto. Esta los alargó también y, en el momento en que los dos tocaron el meteorito a la vez, la roca se abrió por la mitad con un fuerte crujido. Desprendía una intensa luz verde, y con una misteriosa energía, en cuestión de un segundo, los subcionó a ambos hacia su interior rompiendo y haciendo papilla sus cuerpos como si de simples huevos se tratara. Después se cerró y cayó de nuevo hasta el fondo del orificio.
Con las primeras luces del alba, los paseantes de perros y los runners, que suelen ser los primeros en llegar al pinar, impulsados por la curiosidad y el asombro tras ver el suelo de la zona chamuscado, encontraron el epicentro del suceso. Un gran agujero en la tierra.
Los más osados se acercaron con cautela hasta el borde temerosos de que aquel fragmento estelar albergara un peligro desconocido.
Entre la multitud, un anciano de mirada profunda y andar pausado al que acompañaba un Bichón Maltés, se abrió paso y descendió con ayuda de su bastón hasta la roca. Sus dedos, surcados por mil arrugas a causa de los años, acariciaron la áspera superficie de la roca.
—Este es un regalo de Dios —susurró, con voz temblorosa—, una muestra de la inmensidad del universo que ha venido a posarse en nuestro humilde hogar.
Sus palabras emocionaron a los presentes. En lugar de disputarse la posesión de la roca celestial, decidieron llamar al 112, conscientes de su inmenso valor científico, pero no sin antes hacerse una docena de selfies con él.
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