Nueva historia de los alumnos del Galileo Galilei. Alcorcón extraño: Los pendientes malditos parte 2
Con pesadez en los párpados y, aún medio adormilada, Lucía se dirigió hacia las escaleras. Justo en ese momento pudo ver una sombra que escapaba por el ventanal del salón. Tras el primer sobresalto, se dijo que era solo producto de su cansancio. Se frotó los ojos para despejarse un poco y descendió lenta y sigilosamente cada peldaño de la escalera. A pesar de vivir en un chalé en las afueras, la vivienda era segura porque contaba con alarma de seguridad y había muchos vecinos alrededor, lo que hacía que no fuese un objetivo fácil para los ladrones.
—¡Qué idiota he sido! —pensó Lucía—. Si al menos hubiese despertado a Ana para que bajase conmigo… ¡Pero qué estoy diciendo! Seguro que si la hubiera despertado y no hubiese pasado nada, Ana habría pensado que estoy paranoica y que veo demasiadas series violentas últimamente.
De modo que Lucía logró armarse de valor y llegar hasta la cocina. No había señales de Lucifer, su gato, por ninguna parte. Ni tampoco los usuales rastros desperdigados de sus travesuras.
Más tranquila, Lucía se tomó un vaso de leche para que le ayudase a conciliar el sueño nuevamente y decidió cerrar del todo los ventanales del salón para quedarse más tranquila. Aunque solo fuera porque un leve escalofrío acababa de recorrerle la espalda.
Cuando se disponía a ir a su habitación, una corazonada la impulsó a asomarse a la de su amiga. No oyó ningún ruido, ni siquiera la habitual respiración fuerte de su amiga debido a su problema de cornetes. Un tanto extrañada, se acercó a su cama y fue entonces cuando vió la sangre.
Su amiga yacía inerte en la cama. Tenía las manos aún cálidas y la sangre que empapaba su camisón y las sábanas comenzaba a gotear sobre la tarima. A Lucía casi se le desencajó la mandíbula de tanto que se le abrió la boca al observar aterrorizada el cuerpo sin vida de Ana.
En cuanto salió de ese horrible trance, se dio cuenta de que su amiga llevaba puesto uno de los pendientes de lunas. No sabía muy bien por qué, pero sintió que su amiga le había traicionado al ponérselo a escondidas.
Cuando al fin reaccionó, se dirigió a su cuarto para coger el móvil y llamar a la policía. Apenas logró balbucear unas palabras temblorosas que resumieron lo ocurrido y les facilitó su dirección. La dijeron que no tardarían y, que si creía que aún podía estar el asesino en la casa, que saliera inmediatamente de allí. Pero Lucía sabía que la sombra que vio al despertarse ya hacía tiempo que se había marchado. Entonces, con sangre fría, se dirigió a la cómoda donde dejaron los pendientes y, efectivamente, encontró la pareja del que se había puesto Ana. El que llevaba su propio nombre.
¿Fue por azar? ¿Ana se puso voluntariamente el que llevaba su nombre o la obligaron a hacerlo?
Lucía se sintió atribulada. No era capaz de pensar, así que bajó al salón para alejarse del cadáver y de toda aquella sangre, no sin antes guardarse en un bolsillo su pendiente.
En el salón, buscó señales de que hubiese entrado algún intruso, era increíble que alguien hubiese podido burlar las medidas de seguridad y que no alertara a ningún vecino. Hasta que se dio cuenta: ¡faltaba una foto familiar!, una en la que estaban sentadas su madre y ella en el banco que había junto a su vieja casa. La casa de su niñez. Siempre le había gustado esa foto y el misterio que la rodeaba: desde que un día Lucía la miró con detenimiento y observó que en el margen inferior, en un lateral, se podía ver un zapato mocasín sin cuerpo, como esos tan elegantes que llevaban a veces los caballeros de otra época.
Se atrevió a desmontar el marco y descubrió que la foto había sido rasgada, como si alguien hubiera querido borrar de un plumazo al dueño de aquel mocasín. Por detrás de la imagen solo había una fecha: 22 de abril de 2009. El día en que Lucía cumplió 7 años.
Nunca se atrevió a preguntar a su madre por aquella foto, pero: ¿por qué se la habrá llevado? ¿Por qué mató a Ana? ¿Por qué se llevó aparentemente solo aquella foto?
El ruido de las sirenas acalló sus preguntas. Poco después, la casa se llenó de policías y sanitarios que ya nada podían hacer por Ana.
Tras varias horas de interrogatorio, los agentes solo lograron determinar que todo apuntaba a un intento fallido de robo, con homicidio por arma blanca. No parecía premeditado. El arma, posiblemente un cuchillo de carne de la cocina de Lucía que no había aparecido, encajaba con las heridas que presentaba la víctima y encontraron un reguero de sangre que conducía desde Ana hasta la ventana por la que escapó el criminal. Pero ni rastro del arma homicida.
Relato de los alumnos de 2A del instituto Galileo Galilei
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