Nueva columna para este sábado con un gran final para un relato más de fin de semana. Alcorcón extraño: El pasajero del 512

​José Luis no solía utilizar el transporte público de noche, pero su coche estaba en el taller y el autobús 512 era su única opción para volver a casa tras una cena con los compañeros del periódico.

El sufrido vehículo olía a humanidad. La gente volvía a casa tras una jornada interminable en la capital y poco a poco se iban bajando en las múltiples paradas.

​Eran casi las doce de la noche. El vehículo iba ya prácticamente vacío. José Luis se sentó en la parte trasera, sacó su fiel libreta y empezó a garabatear ideas para su próxima columna.

En una de las últimas paradas de la calle Polvoranca, un hombre subió al autobús: vestía una gabardina oscura pasada de moda y llevaba una bolsa de tela desgastada que parecía bastante antigua, que dejaba entrever lo que parecía un mono de trabajo. Se sentó delante de él: rígido y mirando fijamente por la ventana.

​Lo que llamó la atención de José Luis no fue únicamente su vestimenta, sino el hecho de que, a pesar de que la noche era calurosa, el hombre desprendía una sutil neblina, como si su cuerpo estuviera a una temperatura inferior a la del ambiente. El cristal de la ventana junto al desconocido comenzó a empañarse, pero no por el aliento, sino desde el exterior.

Incapaz de contener su instinto de cronista, José Luis encendió discretamente la grabadora de su teléfono.

​—¿Va usted lejos? —preguntó José Luis, intentando sonar casual y dejando pasar su parada.

​El hombre no se giró. Su voz, cuando respondió, sonó grave y misteriosa.

​—Voy a trabajar —dijo el pasajero—, a la fábrica de sanitarios.

​José Luis sabía que llevaba cerrada bastantes años,  pero le siguió la corriente.

El hombre abrió su maletín y sacó un periódico algo amarillento que empezó a leer con atención. José Luis estiró el cuello y alcanzó a ver la fecha: mayo de 1982.

Tres minutos después, el autobús frenó bruscamente al llegar a la última parada en el polígono Urtinsa. Las luces interiores parpadearon, dejando la cabina en penumbra. Cuando la luz regresó, el asiento que ocupaba el tipo estaba vacío.

​El conductor abrió las puertas, pero nadie bajó. Ya no quedaba ningún pasajero a parte de José Luis en el autobús. Se acercó al sitio donde había estado el hombre. El asiento estaba manchado de un polvo de color claro. En el suelo, encontró un billete de autobús de cartón, de los que se picaban a mano hace mucho tiempo, pero perfectamente conservado.

José Luis bajó del 512 con el corazón latiendo a toda máquina. Al revisar la grabación esa misma noche, comprobó que su voz se escuchaba nítida, pero las respuestas del hombre habían sido sustituidas por un sonido de estática.

​Al final del audio, justo antes de que el autobús se detuviera, se oía una frase que él no había captado en directo: «Gracias por escuchar a los que ya no tienen voz».

José Luis guardó el billete de 1982 en su carpeta de casos abiertos y se prometió a sí mismo que, la próxima vez que subiera al 512, no se olvidaría de buscar al pasajero del tiempo.

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.

Sigue al minuto todas las noticias de Alcorcón. Suscríbete gratis al
Canal de Telegram
Canal de Whatsapp

Sigue toda la actualidad de Alcorcón en alcorconhoy.com