Nueva tribuna del periódico de alcorconhoy en papel del mes de febrero. ¿Revolución educativa o nueva brecha social?

Hoy les dedico estas líneas desde mi humilde tribuna no solo como periodista, sino como profesor de Lengua y Literatura Española. Porque sí, también soy profesor; aunque poca clase de instituto he pisado como docente más allá de mis dos meses de prácticas durante el máster. En cualquier caso, bajo esa perspectiva me siento esta vez en la necesidad de dejar de lado la crónica aséptica para hablarles desde las entrañas del sistema educativo.

Actualmente, nos venden una revolución educativa de colores brillantes: gamificación, tecnología en las aulas y situaciones de aprendizaje que prometen desterrar el hastío de los centros de estudio. Pero, como quien conoce el reverso del tablero de juego, me veo en la obligación de señalar las costuras de este traje nuevo. Y no porque esté en contra del progreso, al contrario, celebro que hablemos de situaciones de aprendizaje, de motivación intrínseca y de convertir el aula en un escenario donde la teoría cobra vida.

¿Revolución educativa o nueva brecha social?
¿Revolución educativa o nueva brecha social?

Sobre el papel, el cambio es idílico. El nuevo modelo permite transformar temas tradicionalmente tediosos en experiencias donde el estudiante no solo aprende, sino que participa y se involucra por deseo propio, movilizando sus competencias en escenarios reales, es decir, en las situaciones de aprendizaje a las que me refería anteriormente. Sin embargo, la teoría colisiona con una realidad que amenaza con fracturar nuestra sociedad: la brecha digital.

Mientras algunos centros presumen de tecnología, otros muchos, sobre todo en el sector público, carecen de los medios más básicos; por no hablar de aquellas familias que no disponen de medios económicos suficientes como para comprar a su hijo un ordenador o una tablet. Ahora que la tecnología se ha vuelto tan necesaria para estar a la orden del sistema educativo, la brecha digital se ha agrandado notablemente, dejando a muchos niños sin la oportunidad de aprender a través de las nuevas estrategias didácticas.

Si la innovación pedagógica depende del código postal o del saldo bancario, no estamos ante una reforma educativa, sino ante un proceso de segregación intelectual. Las nuevas metodologías no pueden ser un privilegio de unos pocos. Y es que, además, aquí no solo entra en juego el aspecto económico porque llevar estas nuevas estrategias didácticas a aulas de 30 alumnos, cada uno con particularidades muy diferentes, es cuanto menos complicado para los profesores.

Asimismo, a esta desigualdad de recursos se suma una crisis de formación humana. Se exige trabajar por competencias, pero nos olvidamos de quienes deben liderar ese cambio. En estos últimos años, he percibido una preocupante falta de preparación específica en gran parte del profesorado, especialmente entre los más veteranos. No se puede pedir a un docente que diseñe entornos de aprendizaje complejos y gamificados si no se le han proporcionado los conocimientos técnicos y pedagógicos para ello. La voluntad no suple a la formación, y la frustración de nuestros maestros es el síntoma de un sistema que corre más de lo que sus piernas le permiten.

La verdadera innovación no es tener el software más caro, sino garantizar que cualquier niño, en cualquier aula, tenga a un profesor formado y los medios necesarios para sentir que aprender es una aventura significativa y productiva, sea la asignatura que sea. Si no corregimos el rumbo, el aprendizaje por competencias será recordado solo como la etiqueta que justificó una nueva brecha social.

¿Revolución educativa o nueva brecha social?
Viñeta edición febrero 2026 periódico alcorconhoy

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