Nueva columna para este sábado con un gran final para un relato más de fin de semana. Alcorcón extraño: Terror en la estación
La redacción de alcorconhoy recibió el aviso una mañana de miércoles, justo en hora punta, cuando los trenes de la Línea 12 hacían temblar con sus continuas idas y venidas el subsuelo de la ciudad.
El director de seguridad de MetroSur en Alcorcón, llamó con una voz que transmitía auténtico pavor para informar de algo que «no debería estar allí». No era una avería ni un objeto extraño olvidado por un pasajero; era una presencia.
José Luis acudió a las 6:00 del día siguiente al intercambiador de Puerta del Sur armado con su grabadora, su libreta y su teléfono móvil.
Un técnico lo recibió con los ojos sorprendentemente abiertos, con las pupilas tan dilatadas que ocupaban casi la totalidad de su iris. Una expresión que José Luis ya asociaba a quienes cruzan la frontera de lo racional.
—Gracias por venir tan rápido —dijo el hombre con voz temblorosa—. Llevo tres noches durmiendo poco por lo que ocurre en el túnel entre la cuarta y quinta señal luminosa hacia Parque Lisboa.
Bajaron a las vías en un silencio absoluto. El aire olía a humedad, herrumbre y un ligero toque a huevos podridos, una mezcla insoportable que José Luis ya había detectado en aquel piso antiguo de la Calle Mayor. Caminaron sobre el hormigón de la vía, con los frontales de luz proyectando sombras que invitaban a la sugestión.
—Escuche —susurró el técnico.
Al principio, José Luis no oyó nada. Pero entonces surgió un sonido distinto: un raspado rítmico, seco y áspero, que venía de la pared del túnel unos metros más adelante. Al acercarse, vio a través de la cámara de su móvil lo que con sus ojos no podía. En la pantalla, José Luis vio una silueta humana de piel grisácea que sostenía un trozo de tiza y escribía febrilmente sobre el muro de hormigón.
—¿Quién eres tú? —preguntó José Luis sin apartar la mirada de la pantalla, sorprendido por su propia calma ante una pregunta tan osada.
La criatura se detuvo. Sus ojos, dos hoyos negros de un verde brillante, se clavaron en los del escritor a través del objetivo del teléfono. Tenía el lado derecho del cráneo hundido y se le veían los sesos. Con una mueca torcida que reveló hileras de dientes diminutos, el ser señaló una frase que acababa de terminar en la pared: «Por fin alguien ha venido a escuchar».
De repente, varios golpes secos retumbaron en la profundidad del túnel seguidos de risas histéricas. José Luis escuchó una jauría invisible de sonidos que se desplazaban rápido entre las vigas de hierro. Gritos y respiraciones rápidas que no tenían cuerpo físico.
—¡Vámonos de aquí! —exclamó el técnico, retrocediendo tambaleándose y aturdido.
José Luis grabó un último plano antes de retirarse a toda prisa junto al operario. Una vez a salvo fuera del subterráneo, al revisar la grabación de audio y una vez limpia, pudo escuchar con perturbadora claridad: «Vas a morir, cabrón».
Unos minutos después se reunió con el director y le mostró la grabación. Este le contó que durante la construcción del metro hubo un asesinato por ajuste de bandas en el túnel.
Al día siguiente, José Luis redactó su columna para el periódico. Al pie del artículo, escribió una nota que muchos pasajeros de MetroSur leyeron con inquietud camino al trabajo: «Si alguna vez el tren se detiene en mitad del túnel sin explicación, no mire por la ventana, están haciendo trabajos de soldadura y es peligroso para la visión».
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.
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