Nueva columna y tercera entrega de esta interesante historia. Alcorcón extraño: Los pendientes parte 3

A la mañana siguiente, sin apenas haber podido pegar ojo, Lucía deambulaba por la calle sin saber muy bien lo que hacer cuando de pronto vio que sus pasos, inconscientemente, le habían dirigido al parque, junto al sauce donde encontraron los malditos pendientes. Todo empezó allí. ¿Y si, efectivamente, Ana había muerto por haberse puesto uno? ¡Tenía que descubrir la verdad!

De modo que empezó a rebuscar entre la vegetación y, cuando estaba a punto de renunciar, un leve destello le hizo fijarse en un arbusto próximo. Se trataba de una pequeña caja de terciopelo azul oscuro, casi negro, que tenía tres pequeñas estrellas plateadas en las que se había reflejado el sol  consiguiendo llamar la atención de Lucía. Apenas se detuvo a mirar la caja, pues la abrió de inmediato. Su sorpresa fue mayúscula; tanto que casi la dejó caer de sus manos. En el interior había un fragmento de fotografía. Al hombre elegante de aquella foto le faltaba uno de los pies, pero en el otro se le podía ver claramente un mocasín blanco.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué tenía que ver esa foto con lo que le había sucedido a Ana? ¿Qué significado tenían esos pendientes de lunas que parecían destinados a ellas? ¿Quién era el hombre de la foto? ¿Y qué tenía que ver el misterioso hombre de blanco que las había abordado en el parque anoche y al que habían tomado por un loco extravagante?

Tal vez debería haberles hablado de esto a la policía, pero le dio miedo que la tomaran por loca. No parecía tener sentido que por unos pendientes pudieran asesinar a nadie. ¿Quién iba a creerla? Solo tenía una opción: ya era hora de hacerle una visita a mamá. Algo le decía que había llegado el momento de obtener toda la información sobre esa foto que había desaparecido y del personaje que se había ocultado en ella durante tantos años y que ahora tenía en sus manos.

Un dedo regordete sobresalta a Lucía al tocarle en el hombro. Al volverse, se topa de bruces con el misterioso hombre del traje blanco de la noche anterior, solo que esta vez va vestido completamente con un traje gris. Aunque no parece amenazante, Lucía está a punto de ponerse a gritar y pedir ayuda por el susto. Pero este le dice con voz queda que, si quisiera haberla hecho daño, podría haberlo hecho hasta en dos ocasiones. Lucía no sabe muy bien por qué, pero intuye que puede confiar en él y que, de algún modo, tiene algo que ver con todo lo que le está sucediendo. De hecho, aunque siempre había sido muy mala fisonomista y, aunque han pasado casi veinte años, el parecido de aquel hombre con el de la fotografía es notable.

No le da tiempo a preguntarle nada, pues el hombre se dirige a ella:

—Tu madre no cumplió su promesa. Si quieres saber la verdad, tendrás que preguntarle a ella. Ahora tu destino está sellado como el de tu verdadera madre.

Y sin decir una sola palabra más, se alejó lentamente.

A pesar de que Lucía le increpó varias veces e incluso llegó a agarrarle del brazo para que no se fuera, el hombre no se volvió. Cruzó la calle y se metió en un taxi, alejándose definitivamente de ella.

Teresa, la madre de Lucía, era aún una mujer joven  y vital. Vivía en un chalecito en la sierra de Madrid. Dada la distancia, Lucía llevaba tiempo sin visitarla, pero siempre procuraban mantenerse al día mediante videollamadas. Sin embargo, en aquella ocasión, Lucía comprendió que, para saber la verdad, tendría que enfrentarse a ella cara a cara.

Hora y media más tarde, su madre se disponía a servir un café recién hecho a su hija y unas galletas que había hecho esa misma mañana.

—¡Tienes que probarlas, hija! Son como las que tanto te gustaban cuando eras pequeña.

—Mamá, siéntate. Esta no es una visita de cortesía. Mi mejor amiga ha muerto esta mañana y necesito respuestas.

Su madre detuvo la cafetera como si el tiempo se hubiera congelado. Pero, a los ojos de Lucía, lo más temible es que su madre no parecía sorprendida tras anunciar semejante noticia.

—Mamá, no sé qué está pasando. Pero sé que me has estado ocultando algo y siento que si no me dices la verdad ahora, yo también podría estar en peligro.

Lucía hizo una breve pausa para tragar saliva y, aunque su madre aún parecía reticente a romper su silencio, sacó su último as de la manga:

Todo empezó cuando Ana y yo encontramos estos pendientes de lunas —explicó Ana mientras se los mostraba a su madre en la palma de su mano.

Ahora sí, el sobresalto de Teresa al ver aquellos pendientes hizo que el café de la cafetera italiana, que aún humeaba por estar recién hecho, se derramase por todo el mantel de ganchillo de la mesita del comedor.

Aún temblorosa, Teresa volvió a hablar de nuevo:

—¿Y dices que tu amiga se llamaba Ana?

—Así es. Pero, ¿qué tiene eso que ver con estos pendientes?

Tras un breve silencio y un suspiro que salió de las mismas entrañas de Teresa, la verdad brotó al fin como una fuente viva y fresca:

—Tu hermana también se llamaba Ana.

—¿Mi herma… qué?

—Y esos pendientes —continuó Teresa interrumpiendo a Lucía y haciendo caso omiso de sus preguntas—, eran los que llevaba tu madre el día de su boda. Ese fue el último día que se los puso. Tu padre se los regaló cuando ella aún no sabía que estaba embarazada. Recuerdo lo feliz que estuvo ese día y cómo siempre los llevaba puestos. Pero cuando supo que estaba en cinta, el mismo día de su boda, su instinto le dijo que serían mellizas y decidió grabar los nombres que estas llevarían: Ana y Lucía. Desde ese día ya no volvió a llevar los pendientes, porque serían un legado para sus hijas.

Teresa guardó silencio un instante mientras se le escapaba una lágrima y Lucía aprovechó para volver a preguntarle:

—Entonces, si tú no eres mi madre, ¿quién eres?, ¿qué relación tenías con ella?

—María era mi hermana mayor. Siempre cuidó de mí y yo cuidé de vosotras. Se lo prometí y siempre creí que lo había hecho lo mejor posible. Pero, Ana….¡Ay, para Ana ya es demasiado tarde!

Y entonces Teresa rompió a llorar desconsoladamente ante una Lucía que se veía incapaz de procesar toda aquella historia.

Pocos segundos después, Lucía empezó a sollozar también en silencio, pues había comprendido que la chica a la que habían matado, su increíble y risueña amiga Ana, era realmente su propia hermana. La que siempre quiso ser periodista. La que no podía permanecer callada más de cinco minutos. La que siempre le hacía reír ante los problemas y con la que siempre bromeaba sobre lo guay que hubiera sido ser hermanas. Lucía lloraba porque nunca imaginó que ver cumplido su sueño pudiera resultar tan doloroso.

Pero debía sobreponerse. Por lo que continuó preguntando:

—¿Cómo murió mi madre?

Continuará

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