Nueva columna para este sábado con un gran final para un relato más de fin de semana. Alcorcón extraño II: El Vértice de Ondarreta
La redacción de alcorconhoy estaba inusualmente tranquila aquella tarde de lunes, hasta que entró una llamada. Se trataba de un vecino de la zona de Ondarreta, un hombre que era radioaficionado en sus ratos libres según le contó.
«José Luis, tiene que venir para escuchar esto. No es una interferencia de la radio de algún taxi ni de la policía». Le dijo muy alterado, casi desesperado.
José Luis, siempre fiel a su cita con lo inexplicable, cogió el teléfono, la grabadora y se dirigió al barrio.
El viento soplaba con fuerza y vio como caía la rama de un árbol sobre el capó de un coche.
El vecino se llamaba Daniel y vivía en un último piso. Era un hombre de mirada cansada y ojos inquietos.
La habitación estaba llena de cables, pantallas y equipos de radiofrecuencia que emitían un zumbido eléctrico constante. El aire en la estancia se sentía frío, cargado con ese olor a ozono y herrumbre que José Luis ya conocía bien.
—Escuche esta frecuencia: 144.5 —dijo el hombre ajustando el dial con paciencia.
Al principio, solo se oía estática, pero de repente, la imagen de uno de los monitores comenzó a volverse nieve, y aparecieron interferencias que formaban patrones extraños en la pantalla del analizador de espectro.
Por los altavoces del ordenador surgió una voz que no era una voz humana, sino metálica, una voz grave que parecía proceder de un pozo muy profundo.
—«El aire es nuestro… Ya está aquí el vértice».
José Luis sintió un escalofrío que le erizó el vello.
—¿Qué es el vértice? —preguntó José Luis a través del micrófono del equipo.
De repente, el edificio pareció tambalearse y obtuvo una respuesta que no fue verbal: un viejo cenicero de bronce que estaba sobre la mesa comenzó a levitar unos centímetros. Giró sobre sí mismo con una velocidad inverosímil y luego salió despedido contra la pared dejando una marca profunda en el yeso.
José Luis encendió su cámara y enfocó hacia la ventana que daba a la terraza.
En la pantalla de su móvil, pudo distinguir una silueta pequeña, de piel grisácea y cabeza desproporcionada, caminando por el borde de la barandilla de la terraza. El ser se detuvo, miró hacia el interior con sus profundos ojos negros de brillo verdoso y, con una mueca torcida, señaló hacia el nublado cielo de Alcorcón y se dejó caer al vacío.
En ese instante, escucharon acercarse un millar de alas invisibles que batieron el aire con fuerza sobre el ático durante un minuto infinito.
Cuando cesó el ruido, José Luis salió a la terraza y no observó nada: solo nubarrones y el sonido lejano de un trueno.
En el suelo, colocados con precisión, muchos trozos de ramas formaban un círculo perfecto con un punto en el centro.
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