Nueva columna para este sábado con un gran final para un relato más de fin de semana. Alcorcón extraño II: El pasajero del 512 – Final
Esa promesa no tardó en convertirse en una obsesión.
Durante los días siguientes, José Luis revisó cada detalle de la grabación. Amplificó el audio, aisló frecuencias, repitió la secuencia una y otra vez hasta memorizarla. La estática no era uniforme: en ciertos tramos del audio se apreciaban picos de volumen, como si alguien intentara hablar desde dentro de la interferencia y decir algo más.
Desde aquel día, llevaba el viejo billete de cartón en el bolsillo de su pantalón todos los días hasta que llegaba a casa y lo dejaba sobre su escritorio. Lo había guardado dentro de una funda plástica, pero aún así desprendía un leve olor a papel viejo.
Un viernes volvió a tomar el 512 en Príncipe Pío. Había tenido una presentación de su último libro: Alcorcón extraño, en una famosa librería.
El autobús llegó puntual. Se sentó en la parte trasera y esta vez no sacó la libreta. Ya no esperaba encontrar de nuevo al misterioso pasajero.
El trayecto avanzó con normalidad hasta que, al llegar a Alcorcón Central, las luces interiores bajaron de forma casi imperceptible de intensidad. Nadie pareció notarlo o no le dieron importancia. Pero él sí.
En la parada de Los Cantos con José Aranda, el autobús se detuvo sin que hubiera nadie en la parada, aunque las puertas no se abrieron. Entonces, mientras José Luis miraba por el cristal hacia la marquesina, sintió calor en el bolsillo de su pantalón. El billete de 1982 estaba caliente. Lo sacó y, al mirarlo, se enfrió rápidamente y escuchó una viz delante de él:
—Vaya, creo que eso es mío.
Se trataba del mismo pasajero con aquella inconfundible gabardina oscura y bolsa de tela. Se volvió hacia él. Sus ojos no parecían enfocar a José Luis, sino atravesarlo.
—Hacía mucho que no le veía —dijo el escritor.
—¿Me ha estado buscando?
—Más o menos. Quería preguntarle de dónde sacó este billete tan antiguo. Es pura curiosidad.
—Para mí no es antiguo. Mi nombre es Arturo Soto Sánchez.
El pasajero se levantó.
El conductor frenó con fuerza.
—¡Última parada! Quince minutos de descanso.
José Luis miró a su alrededor y el cartel digital. Era la misma parada de la otra vez. Las puertas se abrieron y cuando se giró de nuevo hacia su compañero de viaje, ya no estaba.
—¡Otra vez! Se dijo a sí mismo en voz alta.
—Sí, otra vez. Pero después de mi descanso —contestó el conductor.
—¿No le ha visto?
—¿A quién?
El hombre le guiñó un ojo y se bajó.
Al día siguiente, José Luis hizo pesquisas y averiguó que Arturo Soto Sánchez fue un peón que trabajó en la antigua fábrica de sanitarios Metalkris, y que murió de un infarto cuando se dirigía a su trabajo en el autobús.
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