Segunda parte de la antología de relatos. Alcorcón extraño, ambientada en nuestro municipio: Una mala compra
El teléfono sonó en la redacción de alcorconhoy a última hora de la tarde. No era raro recibir llamadas sobre quejas vecinales, ruidos, denuncias…
Ana cogió el teléfono.
—Necesito que venga alguien del periódico —dijo el hombre—. Que lo grabe todo, absolutamente todo, esto no es normal. Que deje constancia de lo que aquí ocurre. Si mañana pasa algo, al menos habrá pruebas y nadie pensará lo que no es.
Aquella voz sonaba distinta, transmitía auténtico miedo.
La dirección era un piso antiguo de la Calle Mayor de Alcorcón.
Ana preguntó a Damián y este, dubitativo, llamó a Pedro, el director, para que le explicara cómo proceder. Pedro enarcó una de sus cejas y con mirada de preocupación, sacó el teléfono móvil y llamó a José Luis, su columnista de los sábados.
José Luis era un tipo de mediana edad al que le encantaba escribir opiniones y relatos en el periódico, así que pensó que podría interesarle o servirle de inspiración para alguna de sus historias.
Y así fue, el hombre no dudó ni por un instante. Acudió a la susodicha vivienda armado con una grabadora, una libreta y su teléfono móvil con la esperanza de averiguar algo interesante que poder contar a sus vecinos en la siguiente columna.
Cuando llegó, entró en la cafetería Granier, pidió un descafeinado de sobre y se sentó a tomárselo junto a la ventana que daba a la calle de Los Alfares. En apariencia no se observaba nada llamativo desde el exterior.
Saboreó con sumo placer hasta la última gota dejando limpia la taza como si acabara de salir del lavavajillas.
Ya eran casi las diez de una noche de viernes. Subió en el ascensor y al salir encontró que la puerta de la vivienda que debía visitar se encontraba abierta y se asomaba un hombre de unos cincuenta años de apariencia desaliñada, en bata de andar por casa, con los ojos hundidos pero sorprendentemente abiertos y las pupilas tan dilatadas que ocupaban casi toda la totalidad de sus iris.
—Gracias por venir —dijo amablemente pero con evidente nerviosismo—. Pase.
El piso olía a humedad, a herrumbre y a huevos podridos, una mezcla insoportable. Lo curioso es que las ventanas estaban abiertas de par en par.
—¿Qué ocurre exactamente? —preguntó José Luis mientras encendía la grabadora y la cámara.
El hombre dudó al verse expuesto ante la lente.
—Empieza siempre igual.
En ese momento se escuchó el primer golpe. Seco. Como si alguien hubiera dejado caer algo pesado en la habitación del fondo.
José Luis giró la cámara.
—¿Tiene vecinos arriba?
—Es el último piso.
Otro golpe. Más fuerte.
La lámpara del salón se balanceó lentamente y se desprendió algo de yeso del techo.
José Luis siguió grabando.
—Cierre todas las ventanas, por favor, pare evitar corrientes de aire. ¿Desde cuándo pasa esto?
—Desde que entré a vivir, hace tres meses.
El hombre señaló el pasillo.
—Empieza con ruidos. Luego las puertas.
En ese instante la puerta del baño se cerró sola. No de golpe: lentamente, como empujada por una mano invisible.
La cámara captó el movimiento.
José Luis miró la pantalla. Las ventanas estaban cerradas ahora. No se veía nada.
—¿Hay alguien más en casa? —preguntó.
—No.
El tercer ruido fue distinto. Pasos en la habitación del fondo. Uno, dos, tres.
El escritor tragó saliva. Aun así avanzó con la cámara encendida.
El pasillo era estrecho. Cuando llegaron a la última puerta, el silencio era absoluto.
El hombre susurró:
—Siempre está aquí.
José Luis empujó la puerta, que estaba un poco entreabierta y encontró la habitación vacía.
Solo había un armario, un armario empotrado y una mesita de noche.
Entonces escuchó algo: un crujido. La puerta del armario empotrado se abrió unos centímetros. Muy despacio.
José Luis se subió a una silla, acercó la cámara y dirigió el objetivo hacia su interior. Pero dentro no vio nada… salvo oscuridad.
Entonces, la imagen se volvió granulada, como si hubiera interferencias.
En la grabación del vídeo que más tarde revisó la redacción de alcorconhoy, apareció algo que José Luis no distinguió en ese momento con sus propios ojos. Una pequeña silueta que permanecía inmóvil agazapada en lo más profundo del armario.
En la grabación de audio, una vez limpia, se pudo escuchar con perturbadora claridad una voz que no era la del propietario ni la de José Luis.
Una voz grave que susurraba:
«Gracias por venir».
*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.
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