Nueva historia basada en hechos reales. Alcorcón extraño: Nos echan de menos

José Luis acudió a la cita con la última persona que solicitó una entrevista para compartir sus extrañas experiencias. Se trataba de María, una mujer de mediana edad muy agradable con la que había quedado en la churrería Los Migueles.

La notó bastante nerviosa, pero a la vez tenía un brillo especial en los ojos, como si desease soltar todo lo que tenía que decir para irse cuanto antes a su casa…

—Bien, María, tú dirás. No te preocupes que no te tomaré por loca y usaré un seudónimo para preservar tu intimidad.

María se revolvió en la silla, le miró fijamente a los ojos y empezó una carrera de frases que no le devolvería la palabra a José Luis en un rato.

—Cuando murió la abuela de mi ex, me vino de nuevo a la memoria una serie de experiencias que a día de hoy me siguen resultando extraordinarias y que nunca he hablado con nadie a parte de mi pareja y la familia.

Mi ex, cuando era pequeño, tuvo una fiebre muy alta. Su madre prometió que, si se curaba, lo llevaría como ofrenda y agradecimiento a la procesión de la Virgen de la Esperanza, en Jueves Santo.

El niño sanó, pero la promesa nunca se cumplió.

Años después, cuando ya estábamos juntos, su abuela se lo recordaba constantemente: —Tenéis que ir a la procesión.

Lo repetía una y otra vez, pero nunca iban. Siempre había alguna excusa.

Cuando la abuela murió, empezaron a pasar cosas extrañas.

Vivíamos en una casa de planta baja con una buhardilla arriba, donde teníamos una habitación y un trastero donde guardábamos una cocina campera, una mesa de billar, los disfraces de carnaval y otras cosas.

Desde que falleció la abuela, empezamos a oír pasos en la planta de arriba, como si hubiera alguien caminando por las habitaciones. Siempre ocurría cuando estábamos los dos solos y normalmente mientras cenábamos.

Una vez, mi exmarido dejó una espuerta de obra llena de herramientas sobre un armario. Entre ellas, había un cortafríos colocado en el fondo.

Me cansé de ver las herramientas allí, porque no era lugar, y las subí a la buhardilla. Las dejé en el suelo debajo de una estantería.
Una noche, estábamos en la cocina cuando oímos un golpe muy fuerte.

Nos asustamos y yo no quería subir, pero al final lo hice. El cortafríos estaba en medio de la espuerta apuntando hacia arriba.
Aquello me hizo pensar, y más aún por lo reciente que estaba la muerte.

Los ruidos continuaron durante bastante tiempo. Hasta que un día mi ex dijo: —¿y si todo esto tiene que ver con que mi abuela se fue sin que hubiésemos cumplido la promesa de ir a la procesión?

Se lo contó a su madre y a su tía y ambas estuvieron de acuerdo en que era necesario cumplirla. Ya lo habían postergado demasiado tiempo.

La abuela había muerto en julio, así que ese año no lo pudieron hacer.

Pero al año siguiente sí y, desde entonces, no volvimos a oír ningún ruido.

Después me contó algo más: antes de cumplir la promesa, cuando yo me acostaba, él decía que en ocasiones me escuchaba andar por la casa, pero al mismo tiempo notaba que el colchón se hundía como si alguien se acostara a su lado. Nunca se atrevió a girarse para mirar.

No me lo contó antes porque le daba miedo y, de haberlo hecho, yo no habría podido dormir.
Años después, cuando murió mi padre, pasó algo distinto: estábamos en el chalet de mis padres, mi ex, mi perra y yo. Cenábamos cerca de la puerta de entrada, la cual tenía una cortina de tiras. Un día, por el rabillo del ojo, vi cómo la cortina se apartaba, como cuando alguien entra. Se abrió hacia un lado y luego se volvió a cerrar. No dije nada, pero sentí un frío muy intenso en ese momento y mi perra, que estaba mirándome como siempre para ver si le daba comida, de repente se apartó, como si alguien hubiera pasado entre ella y yo.

Aquello me provocó un escalofrío que hizo que se me saltaran las lágrimas. Nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

También ocurrió algo con un olivo que teníamos en el jardín. Mi madre siempre decía que lo cortaran porque ensuciaba la piscina, aunque no era cierto. Mi padre lo cuidaba muchísimo; lo había plantado antes incluso de construir la casa.

Un día, harto de que le insistiera, lo cortó.
Durante años no quedó nada de él. Pero el verano en que murió mi padre, estando allí con mis hijas, el olivo volvió a brotar y no de cualquier manera: lo hizo con una fuerza enorme, lleno de chupones, como si estuviera empeñado en volver a la vida y a su máximo esplendor.

Ni lo regábamos ni cuidábamos de ningún modo, pero aún así creció con vigor.
Recuerdo que una noche, mi ex me dijo:

Parece que tu padre sigue aquí, como si quisiera que lo sepamos a través de el olivo.
Se me erizó el vello al entender que lo que había dicho tenía lógica.

Decidieron dejarlo y con el tiempo creció tanto que hicieron una barbacoa a su sombra. Son cosas que te hacen pensar.

José Luis la miró embobado, casi sin respirar. Trataba de asimilar todo y aún le faltaban un par de minutos para conseguirlo. Se le había enfriado el chocolate y aún no había parado la grabadora. Necesitaría volver a escuchar todo para escribir la columna.

Por otra parte, María ya no estaba nerviosa, sino más bien aliviada. Literalmente, soltó un suspiro al terminar de hablar. Habían sido muchos años de ocultarlo por vergüenza al «qué dirán» y se había liberado de un gran peso. La mujer pagó las consumiciones y se despidió con dos tímidos besos.

Esta historia está basada en hechos reales de amiga y lectora del periódico. Gracias por compartirla con todos nosotros.

Si tienes alguna historia real que contar, contacta conmigo por Instagram para programar una entrevista, indicando si quieres publicarla bajo seudónimo o con tu nombre real. @sinvertock

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o las imágenes propias de este artículo.

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